Resumen de la película Al servicio de las damas

Al servicio de las damas empieza con una fabulosa secuencia de títulos de crédito en un movimiento panorámico en el que los nombres de los artistas van mostrándose en anuncios luminosos de lujosos inmuebles hasta que la cámara llega a un majestuoso puente al pie del cual se posiciona un vertedero habitado por indigentes y vagabundos (fotograma 1). Increíble muestra de una de las superiores características de esta grandísima comedia de Gregory La Cava, uno de los gigantes exponentes del screwball, frecuentemente injustamente relegado a la sombra de los Hawks, Lubitsch o Sturges: la elegantísima cadencia donde se suceden sus secuencias, fluyendo en exquisita armonía a través de una brillantísima escenificación y sustentada en unos diálogos tan distinguidos como subversivos. Exactamente, produce sonrojo contrastar las virtudes de una comedia como la que nos ocupa con alguno de las muestras del género (no en vano, uno de los más desprestigiados en el cine contemporáneo) que conseguimos encontrar hoy en dia. Frente a la obviedad y la risa fácil, La Cava contrapone humor capaz con poderosísimas cargas de hondura contra la banalidad y la estupidez de la alta sociedad en los duros tiempos de la Colosal Depresión norteamericana.

“¿Podría sostener una charla capaz por unos minutos?”, le espeta a la primera de cambio el vagabundo Godfrey Parks (William Powell) a la cándida Irene Bullock (Carole Lombard) cuando ésta acude con su hermana Cornelia (Gail Patrick) al vertedero en busca de un indigente para exceder una de las pruebas de una estúpida gincana. Y desde este arranque, el retrato de una clase idiotizada, formada por individuos completamente enajenados, será tan delirante como implacable: “Este sitio se se ve muy a un manicomio. Fíjese en esa chiflada”, le dice un sujeto a Alexander Bullock (Eugene Pallette) señalando a una mujer que acaba de entrar tirando de una cabra en el vestíbulo del lujoso hotel en el que se encuentran; “Llevo veinte años mirándola, es la Sra. Bullock”, responde impertérrito Alexander; y cuando su interlocutor únicamente consigue a balbucear un “lo siento mucho” con apariencia de disculpa, replica de cualquier manera flemático: “¿Cómo pienso que me siento yo?”. Una imagen que el vagabundo Godfrey tiene como función corroborar cuando, después de ingresar a presentarse como el premio de Irene frente los absurdos jueces de la gincana, sentencia frente la multitud congregada en el vestíbulo: “El fundamento por el que he venido es porque sentía curiosidad por ver cómo se comporta un puñado de imbéciles casquivanos”.

Aceptando el ofrecimiento de Irene como desagravio por haberle utilizado en la prueba de la gincana, Godfrey es contratado como mayordomo de la familia Bullock, un espacio de vida donde la disparidad y el absurdo reinan de manera absoluta, de esta manera que comprobará el personaje primordial nada más entrar en servicio, en su primer acercamiento con la señora de la vivienda, Angelica (Alice Brady), a quien debe ser útil el desayuno: “Deje de saltar para que consigua verle”, balbucea resacosa la señora Bullock desde la cama, mientras se lamenta por una “musiquita” que no puede espantar de su cabeza (en situación, los cristales de una lámpara mecidos por el viento que bañan la estancia de un incesante tintineo) y por la presencia de unos molestos “duendecillos” que cada mañana acuden a cambiar su sueño.

A partir de esta primera escena, los hechos, a cada cual más extravagante, se suceden sin solución de continuidad, frente la atónita mirada del alucinado Godfrey: desde la llegada de un cochero en busca de su caballo al que, según la sirvienta Molly (Jean Dixon), Irene habría encerrado en la biblioteca la madrugada previo (en un gag inolvidable, cuando observamos la cara estupefacto del sufrido padre de familia, Alexander, comprobando la presencia del animal, del que únicamente oímos el relincho tras la puerta de la estancia – fotograma 2); hasta la sucesión de entradas y salidas de todos los pertenecientes de la familia, en un desfile desenfrenado que La Cava filma llevando a cabo alarde de un asombroso sentido del ritmo cinematográfico (una larguísima secuencia que se goza como en un suspiro y que culmina con una única réplica totalmente inolvidable cuando, tras sacarle la bandeja de bebidas que Godfrey se disponía a ser útil, Alexander sentencia: “Esta familia no necesita estimulantes”).

Y La Cava prosigue sin tregua en su despiadada caricatura de sus individuos, incluida la personaje primordial Irene (cuyo papel fue asignado a Carole Lombard a aprobación de su entonces ya exmarido William Powell, saque cada cual sus propias conclusiones), sin lugar a dudas una de las heroínas más vilipendiadas en toda la narración de la comedia cinematográfica: “Eres un chico con suerte”, felicita la madre Angelica al que piensa que es el favorito por Irene como pretendiente (la cual, despechada por el rechazo de Godfrey, elige al primer pelele que se le pone a tiro como venganza); “Eso ya lo sé. No soy Van Rumple”, le responde aliviado el joven señalando al joven realmente elegido. Y acto seguido, cuando Alexander pregunta a su mujer por la causa de su alborozo, ésta únicamente adivina a responder: “Déjame pensar. Sé lo que te quería decir pero se me ha olvidado” (!).

La progresión de instantes hilarantes es interminable: la irrupción de una pareja de perspicaces detectives, tras la desaparición de un collar de perlas de cuyo robo Cornelia quiere inculpar a Godfrey (“¿Quién es usted?”, inquiere decidido uno de los detectives a la sirvienta Molly, la cual, ataviada con su peculiar traje, responde con sorna: “Adivine”); la secuencia donde Godfrey mete bajo la ducha a Irene (fotograma 3); Alexander echando por la ventana (por supuesto, en una acción fuera de campo de la que únicamente oímos el estruendo de los cristales) al irritante protegido de su mujer, Carlo (Mischa Auer)… Episodios que se suceden de manera vertiginosa, y entre los cuales logramos hallar también otros ejemplos de la exquisita escenificación de La Cava, como el que para mí pertence a los instantes más brillantes de la película, acaso por sutil y hermoso pocas oportunidades mencionado: tras sincerarse con la familia, y antes de su reencuentro con Irene, Godfrey se reconcilia con Cornelia, de la que se despide con expresiones de reconocimiento; La Cava muestra un chato medio de los dos individuos (Godfrey, de espaldas, frente a Cornelia) hasta que el personaje primordial sale de chato y, tras aguantar unos segundos la imagen con la mirada de Cornelia, observamos en chato subjetivo la salida de la estancia ya vacía con unas cortinas meciéndose sutilmente (delicada imagen de la figura de Godfrey volatilizándose frente la mirada de Cornelia, precisamente en el momento en que ella parecía asumir sus sentimientos hacia el mismo – fotograma 4). Es un instante fugaz, únicamente esbozado, pero que tiene dentro la esencia de una escenificación tristemente ya extinta y que eleva al cinematógrafo a la altura de lo sublime.

David Vericat
© cinema primordial (agosto 2016)

———————————————-
VER EN FILMIN
———————————————-