Resumen de la película Cautivos del mal

Cautivos del mal empieza con un majestuoso travelling de una grúa en un colosal plató de cine (fotograma 1), la imagen en chato general retrocede frente el avance del grupo de rodaje hasta llegar a un chato corto del director Fred Amiel (Barry Sullivan) en el momento en que le pasan una llamada de Jonathan Shields (Kirk Douglas), llamada que el director repudia con aparente satisfacción, de la misma manera que más adelante harán la actriz Georgia Lorrison (Lana Turner) y el escritor James Lee Bartlow (Dick Powell).

Los travellings y los movimientos de cámara en grúa serán el leitmotiv formal de esta descarnada crónica sobre el planeta del cine donde Minnelli nos enseña las luces y las sombras del Hollywood de los gigantes estudios. Leal a una escenificación íntimamente relacionada al género musical que el director iba a utilizar en prácticamente todas sus películas (“me lo propuse en mi primera película y he permanecido leal a los movimientos de cámara durante el resto de mi carrera”), Minnelli utiliza sabiamente los movimientos de cámara aplicados en esta ocasión al género melodramático para remarcar la atmósfera del relato al tiempo que muestra un eficaz juego espacial entre lo filmado y el grupo de filmación en las muchas ocasiones de rodajes de la película. Una muestra, con apariencia de ejemplo, la logramos hallar en la magnífica escena donde Georgia Lorrison interpreta una dramática secuencia que observamos primero en un chato corto (que podría ser realmente bien el de la película rodada) para, a continuación, y a través de un rápido travelling en retroceso, comprender detrás de la actriz a todo el grupo de rodaje contemplando en silencio la escena (fotograma 2) y, rápidamente, subir con la cámara en un movimiento que recorre todo el estudio hasta llegar a un chato corto del último electricista, al que observamos siguiendo feliz la escena desde lo más prominente del plató.

Tras del citado prólogo en el que observamos consecutivamente a los tres individuos primordiales denegar la llamada del enigmático Jonathan Shields, la película se composición en tres gigantes flashbacks en los que cada personaje (a los que el productor Harry Pebbel – Walter Pidgeon – ha citado en su despacho para pedirles que vuelvan a trabajar con Shields) relatará su relación con Shields y las causas de su menosprecio. Cabría reprochar, en este sentido, la composición excesivamente férrea que muestra la película (tres flashbacks consecutivos de treinta minutos cada uno) que se agrava por la evolución dramática prácticamente idéntica de todas las narraciones (conocimiento del personaje primordial – auge de la relación – éxito – traición y desengaño), lo que incentiva que, concluida la primera, el relato de ámbas siguientes sea un poco previsible (algo que no pasa, por ejemplo cosas, en la magistral Eva al desnudo, de Joseph L. Mankiewicz, título que tiene no pocas semejanzas con el film de Minnelli). Sin embargo, la aptitud de todos los cuentos, unida a la eficaz escenificación de Minelli, consigue exceder en decisión precisa este problema y sostener en todo momento la atención del espectador en esta crónica sobre la ambición, la amistad y la traición en la época dorada de Hollywood.

El primero de los flaskbacks, narrado por Fred Amiel, empieza con el entierro del padre de Jonathan Shields, un magnate de la producción detestado por todo Hollywood hasta el punto de que todos los ayudantes al entierro (entre ellos nuestro Amiel) son figurantes contratados por el joven Shields. Desde la amistad entre el joven productor y el principiante director, Minnelli retrata con afilada precisión las formas de producción de los gigantes estudios, entrando a la vez visibles referencias a algunos individuos reales de la época. Por arriba de todos, al productor David O. Selznick, claro inspirador del personaje primordial, Jonathan Shields; pero también a Jacques Tourneur (en un aparente homenaje a La mujer pantera, cuando Shields le da a Amiel arreglar el rodaje de La maldición de los hombres pantera, un subproducto de horror de serie B, prescindiendo del patético vestuario del que disponen y recurriendo únicamente al juego con las luces, las sombras y el sonido – fotograma 3), o a Eric Von Stroheim, indudable trasunto del director Von Ellstein (Ivan Triesault), con quien Shields traicionará a Amiel confiándole la dirección del emprendimiento más personal y ambicioso del joven director (espléndida la secuencia donde Shields asegura el emprendimiento frente el productor Pebbel apropiándose de las expresiones de Amiel: “Es mi emprendimiento. Yo lo hallé y lo batallé. Quiero producirlo tanto que quiero probarlo”. Shields utiliza todos los medios a su alcance para encontrar su propósito, indudablemente sin ser consciente en ese momento de que le está robando el emprendimiento a su amigo, en una precisa descripción del carácter ambicioso del personaje primordial, su más grande virtud y simultáneamente su peor defecto).

El segundo flashback (sin duda alguna el más sin corazón de los tres) se enfoca en la relación de Shields con Georgia Lorrison, la hija de un aclamado actor que malvive como actriz figurante a la sombra de el reconocimiento de su padre ya fallecido. Sumida en el alcoholismo y la prostitución, Georgia representa para Shields la posible y temida imagen de sí mismo en la derrota (descendiente, también él, de uno de los gigantes nombres de la industria del cine), razón por la cual el personaje primordial dedicará todos sus esfuerzos para editar a la fracasada figurante en una colosal estrella cinematográfica (magistral, en este sentido, la primera secuencia de Shields en el lúgubre apartamento de Georgia, intentando convencerla de que puede llegar a transformarse en una colosal actriz – fotograma 4). Un esfuerzo que Georgia confunde con un sentimiento de amor, más allá de las elocuentes y sinceras expresiones de Shields (“Ahora no necesito una mujer, necesito una estrella”), y que provocará el desengaño final de la personaje primordial, cuando llama la atención al productor con una muchacha actriz la misma noche del estreno de su primera película como personaje primordial.

El tercer y último flashback es el narrado por James Lee Bartlow, un exitoso novelista al que Shields convence para escribir el guion de su próxima producción. Observando que Bartlow es incapaz de continuar en su trabajo por la nefasta predominación de su mujer, Rosemary (Gloria Grahame), Shields se transporta al escritor a una cabaña en las montañas y confía en secreto a la cargante mujer a Victor Ribero (Gilbert Roland), un viejo galán célebre por sus múltiples devaneos cariñosos. Tras finalizar el guion, en el sendero de vuelta, Bartlow tendrá conocimiento de la desaparición de su mujer junto al galán en un hecho de avioneta (y más tarde, por un desliz del propio Shields, sabrá que fue el productor quien puso a su mujer en manos del actor para omitir que interrumpiera su trabajo).

Finalizada la narración de los tres flashbacks, Harry Pebbel atiende por fin la llamada de Shields y pregunta por última vez a sus invitados si están dispuestos a trabajar en su novedosa película. Los tres niegan con la cabeza pero, al dejar el despacho de Pebbel, no tienen la oportunidad de aguantar la tentación de escuchar las apasionadas expresiones de Shields describiendo su nuevo emprendimiento. Todos fueron traicionados, pero todos saben también que tienen que su popularidad a la ambición del mismo hombre que por último les traicionó. De esta manera que le señala Pebbel a Georgia con despiadada sinceridad, en un momento de la película: “Eras una borracha y una ramera pero Jonathan Shields te convirtió en una estrella”. Una sin corazón sentencia sobre el lado más oscuro de la fábrica de sueños.

David Vericat
© cinema primordial (marzo 2014)

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