Resumen del cuento El camello Donatello

Ahora que hace mucho frío, el Cuento a la vista de esta semana desea llevaros a todos a una zona más caliente: el desierto en el que vive el camello Donatello.  Este animal se ha dedicado su vida a trasladar turistas por el desierto mas es tan viejo, tan viejo, tan viejo que su dueño considera que ya no sirve para nada. ¡Vaya idea más absurda! Si eso fuera de esta forma, entonces los abuelos no servirían para nada, y anda que no es fantástico tener un abuelo o bien una abuela cerca.

Así que para meditar sobre la necesidad de tener cerca a nuestros mayores os dejamos la primera parte de este cuento (para la segunda va a haber que aguardar un poco)  ¡Qué la gocéis!

El camello Donatello

Nadie sabía cuantos años tenía el camello Donatello, solo que cada vez estaba más fatigado y se quejaba más cuando debía cargar con los turistas desierto a dentro. De ahí que, en medio de la travesía, acostumbraba a pararse y sentarse reposadamente sobre la arena caliente. No había forma de moverlo a lo largo de múltiples minutos, y los turistas lo miraban entre disgustados y amenos.

– Caray con el carácter de este camello.

Al camello Donatello lo que le agradaba era quedarse cerca del oasis y rumiar paja: para dentro, para fuera, para dentro, para fuera. De este modo hasta el momento en que la paja se transformaba en una masa pastosa que le dejaba un aliento ácido y desapacible.

También le agradaban los pequeños. Cuando en el conjunto de turistas había alguno, siempre y en todo momento se lo ponían a él. Pesaban poco y se reían mucho. Todo les sorprendía: las sombras que la caravana de camellos proyectaba sobre las dunas, el color colorado del sol al atardecer, los escarabajos que aparecían y desaparecían entre la arena o bien las sonoras y malolientas flatulencias que expulsaban los camellos.

– ¡Mas qué camellos más cerdos!

Los pequeños no paraban de reír amenos con estas ventosidades y Donatello se reía con ellos. A lo largo de las noches en el desierto, mientras que los progenitores cenaban, hacían fotografías y charlaban de esas cosas sensatas de las que charlan los mayores, Donatello entretenía a los pequeños, con sus ademanes y sus sonidos.

– Da gusto – afirmaban siempre y en todo momento los mayores –con este camello no es preciso que nos preocupemos de los pequeños.

– Mírales qué apacibles están.

A Donatello asimismo le agradaba encargarse de los más pequeños. Dejaba que se subiesen encima, que le pellizcarán la panza y le hiciesen cosquillas en el cuello.

– Solo prosigo en este trabajo por los pequeños. Si no fuese por ellos… – acostumbraba a comentar por las noches mientras que descansaban cerca de las jaimas.

– Claro, de ahí que y por el hecho de que si no, terminarías transformado en filetes de camello…¡con un tanto de ensalada: ricos, ricos! – le provocaba la camella Marianela, considerablemente más joven que .

El camello Donatello sabía que llevaba razón. El día en que sus cansados músculos no pudiesen hacer la travesía del desierto con los turistas a cuestas, dejaría de ser útil para los dueños y terminaría en un restaurant de plato primordial. Y ese día llegaría pronto. Cada vez se sentía más fatigado, más viejo, más enclenque. No había antídoto.

Una tarde andaban por el desierto con un reducido conjunto de turistas. Entre ellos se hallaba Bea, una pequeña pecosa y enana que, naturalmente, iba montada en el camello Donatello, que estaba sacrificándose mucho por proseguir adelante. Bea, que apreciaba lo fatigado que estaba el animal, le acariciaba su largo cuello y le daba palabras de ánimo

– Venga amigo, que estamos a punto de llegar y vas a poder reposar un rato.

Pero cuando apenas les quedaba un quilómetro para llegar a su destino, el camello Donatello se sintió fatigar y cayó al suelo. No hubo forma humana de hacerlo levantar.

– Ya no va a moverse…este camello es tan viejo que no sirve para nada. Ahí lo vamos a dejar y a la vuelta vamos a ver que hacemos con él.

Aterrada frente a la idea de dejar solo al camello en medio de aquella nada de arena, Bea empezó a plañir y se abrazó a él. Absolutamente nadie logró despegarla de ahí, conque todos debieron campar junto a ellos, pese al perceptible enfado del dueño de los camellos.

A la mañana siguiente, se levantaron ya antes del alba para volver al campamento. Después de haber descansado, el camello Donatello se veía con fuerzas hacer el recorrido.

– Anda, que vas a ver cuando llegues…esta no me la vuelves a hacer- le chillaba muy airado el dueño.

– ¿Qué te van a hacer cuando lleguemos? – preguntó intrigada la pequeña Bea.

El camello Donatello le contó que probablemente terminaría a la parrilla en alguno de los restaurants de la zona.

– Es ley de vida, ¡qué le haremos! – aseveró resignado Donatello.

– Puesto que va a haber que buscar una solución. ¡No podemos permitirlo! – exclamó decidida Bea.

Y a lo largo de todo el recorrido, mientras que el sol poquito a poco iba comenzando a calentar cada vez más y más, Bea estuvo pensando la forma en que salvar al camello Donatello…

Bea pensaba y pensaba. Le agradaba aquel animal. Era paciente y noble. Le había hecho reír a lo largo del camino de ida, a pesares de estar tan fatigado. Le había contado asimismo un montón de historias increíbles sobre la travesía del desierto. ¿De qué manera iba a permitir que desapareciese sin más ni más!

– ¡No deseo ni escuchar charlar del filete de camello! Tú te vienes conmigo.
– Mas Bea, ¿de qué manera llegaré hasta tu casa? A los camellos no nos dejan montar en avión…
– Puesto que volveremos en navío. He visto que llevan turismos, y eso ocupa mucho más…¡Seguro que se puede!
– Mas Bea, ¿qué voy a hacer entonces en tu gran urbe? Yo soy un camello, vivo en el desierto…
– No hay inconveniente. En casa tenemos un jardín muy grande con mucha yerba. Vas a poder reposar, comer reposadamente y cuando llegue del cole vamos a pasar la tarde juntos.

Aquello sonaba fantástico. Donatello imaginó momentáneamente la escena y sonrió con determinada melancolía. Esperemos en ocasiones los sueños se cumplieran…

– Eso es hermoso Bea, ¡me encantaría! Mas debemos ser realistas… ¿ piensas que tus progenitores desearían tener un camello en su jardín?

La pequeña debió aceptar que Donatello llevaba razón. Había que meditar otra cosa…

– A ver…además de hacer estos recorridos ¿qué otra cosa sabes hacer?

Donatello se quedó pensativo…Él no era más que un camello. Su función consistía en transportar gente y comer yerba. Eso era todo. ¿o bien no?

– Algo más debes haber…
– Soy buenísimo separando moscas del desierto con mi cola…
– Eso es práctico para ti, mas no creo que resuelva el inconveniente.
– Asimismo me tiro unos…
– ¡Eso ni lo afirmes! Ya lo he comprobado – aseveró Bea tapándose la nariz- ¡Poco vamos a hacer con eso!
– Permíteme que piense…
– Vamos Donatello, llegamos ya al pueblo. ¡Hay que localizar una solución enseguida.
– No se me ocurre nada Bea. ¡Terminaré siendo carne de camello! Como mi padre o bien mi abuelo: ¡Es ley de vida y a vosotros los humanos asimismo os pasa, solo que de otra forma!
– Una vez me contó un pequeño que…
– Claro Donatello, ¡los pequeños!
– Que pasa con los niños…Me agrada estar con ellos. Los entretengo.
– Y además de esto cuentas unas historias alucinantes… ¿No te das cuenta de que esa es la solución?

Pero el camello Donatello no se daba cuenta de nada. ¿Qué se le habría ocurrido a aquella pequeña cabeza? Cuando llegaron al pueblo, Bea se bajó de Donatello y fue corriendo a charlar con Mamá. Si alguien podía persuadir al malhumorado dueño de los camellos de que su plan podía marchar esa era Mamá.

Por supuesto, a Mamá, le encantó la idea de Bea, conque se dirigió al dueño y empezó a explicárselo. El tipo empezó a gruñir y a vocear irritado. Para él era una falta de respeto que alguien de fuera viniese a decirle lo que debía o bien no debía hacer con sus camellos.

– Hay que fastidiarse – exclamó Bea enojada – los mayores se pasan el día diciéndonos lo que debemos hacer. Mas cuando es del revés, son los que no desean hacernos caso…

Casi una hora estuvieron Mamá y el dueño de los camellos, discutiendo coléricamente. Mas por último, el dueño cedió, y Mamá vino con una sonrisa en los labios a explicar la situación a Bea y a Donatello, que aguardaban intranquilices.

– ¡Lo hemos logrado, Bea! Donatello no se va a ir a ningún restaurant. Se va a quedar acá, en el pueblo.
– BIEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEN
– Mas ¿qué voy a hacer precisamente? – preguntó Donatello, que no tenía ni la más remota idea del plan que Bea había organizado.
– Te vas a quedar acá y vas a cuidar de los pequeños, a lo largo de las excursiones para los mayores. Serás…¡el primer camello cuidador de pequeños!

Así fue un buen tiempo. A lo largo de las tardes, cuando los progenitores que asistían a aquel muy pequeño pueblo en la mitad del desierto, hacían largas cenas, charlaban con las gentes del pueblo y observaban su música y sus tradiciones, los más pequeños se quedaban con Donatello. El camello les dejaba tirarle del rabo, hacerle cosquillas en el cuello y rascarle las jorobas. Asimismo les contaba unas historias increíbles y los pequeños se quedaban dormidos sobre la arena, bajo la atenta mirada de las estrellas.

Los progenitores estaban encantados. El dueño asimismo. Mas el más feliz de todos era el camello Donatello. Y es que a veces…los sueños se cumplen.