Resumen de la película El año pasado en Marienbad

“… Toda esta historia ya terminó. Unos pocos segundos y se habrá helado para toda la existencia, en un pasado de mármol, como este jardín tallado en la piedra, este hotel, con sus habitaciones ahora mismo desiertas, este gente inmóvil y discreta, muerta quizá hace tiempo. Guardianes de los pasillos por los que avanzo a tu acercamiento, entre renglones de rostros inmóviles, observadores, indiferentes. Mientras tú inquietudes, quizás, observando fijamente la entrada de este jardín”

La voz en off con la que recorremos los laberinticos pasillos y estancias del hotel en el que tiene lugar la (no)historia de El año pasado en Marienbad nos da algunas pistas sobre probables interpretaciones de este increĂ­ble sueño cinematográfico urdido a dos manos por el guion de Alain Robbe-Grillet y la cámara de Alain Resnais (aunque el escritor de guiones afirmĂł que el texto que entregĂł a Resnais “era algo más que un guion”, ya que contenĂ­a “el desglose describiendo la pelĂ­cula chato a chato, imagen a imagen, con el montaje ya previsto”, siendo asĂ­ que, siempre segĂşn Robbe-Grillet, Resnais rodĂł la pelĂ­cula “respetando muy cuidadosamente” lo escrito y “sin intervenir jamás para intentar cambiar algo”; expresiones con las que el escritor se ve reivindicar una más grande autorĂ­a de la obra final – un criterio que, observando los posteriores trabajos de la filmografĂ­a de Resnais, uno no osarĂ­a poner en duda – aunque a continuaciĂłn – quien sabe si arrepentido por el menosprecio al trabajo de Resnais que se derivaba de sus expresiones – matice esta idea apuntando que Resnais “convirtiĂł la pelĂ­cula sin embargo en una obra de Alain Resnais, en algo muy más psicolĂłgico, a travĂ©s de cambios imperceptibles, en la direcciĂłn de actores, en los efectos de sonido, en cosas tan imperceptibles que si uno lee mi libro y ve la pelĂ­cula puede sospechar que son exactamente lo mismo”).

Sea como fuere, nos encontramos frente una obra que posibilita un sinfín de interpretaciones (y por ello la que aquí se expone no es sino alguna de las muchas posibles), donde la trama se descompone como en un inmenso rompecabezas de infinitas posibilidades; un rompecabezas tridimensional en el que el tiempo y el espacio se desdoblan, se superponen, se repiten o se estancan, sin someterse en ningún momento a la lógica de la narrativa común. Una mínima línea argumental es el punto de partida sobre el que se vertebra el enigmático universo de la película: X (Giorgio Albertazzi) está en las estancias de un lujoso hotel con Y (Delphine Seyrig), a la que trata de seducir de que los dos se habían habitual un año antes en los jardines de Frederiksbad (“o quizá fuera en Marienbad”), citándose para un nuevo acercamiento un año después, pero Y afirma no acordarse nada de lo que X le asegura que sucedió. Los encuentros de X e Y se suceden de manera repetitiva y no lineal (cambian los escenarios y las indumentarias de los individuos sin ninguna lógica aparente) en un ámbito habitado por individuos que actúan como autómatas desprovistos de algún emoción, sombras fantasmagóricas que repiten todo el tiempo las mismas diálogos banales, los mismos movimientos y movimientos (fotograma 1). En la mitad de este auténtico ejército de  muertos vivientes, entre los que recalca el inquietante M (Sacha Pitoëff), X actúa como el único personaje con iniciativa, rebelándose contra la sepa de emociones de la que hacen gala todos los individuos, incluida Y.

“No has cambiado nada, se ve que fue ayer cuando nos separamos. Pero pareces no recordar”, se lamenta X durante su primer acercamiento con Y (fotograma 2); y frente la negativa de ésta, insiste a cada novedosa ocasión: “Fue el año pasado ¿Tanto he cambiado? ¿O es que finges no reconocerme?”. La memoria o su sepa (el olvido), temas tan presentes en las primeras películas de Resnais (pensemos en Noche y niebla, Toda la memoria de todo el planeta o Hiroshima, mon amour), parecen saber de manera categórica la diferente esencia de los dos personajes: X, en tanto que ser consciente, intenta desesperadamente ocasionar (o acaso generar) el recuerdo en Y, que se obstina en denegar los hechos que éste le señala (“No era yo, te confundes con otra persona”). Del mismo modo que el resto de seres inanimados que deambulan por el hotel, Y se ve basar precisamente su historia en la carencia de recuerdos (y de ahí las acciones que los autómatas repiten de manera obstinada, como si cada vez fuera la primera en que las ejecutan).

La pelea de X, por consiguiente, es por socorrer a Y de todo el planeta de sombras en el que está atrapada. Como Orfeo en busca de EurĂ­dice en el Hades, X acude todo el tiempo al reino de “habitaciones silenciosas donde el ruido de las pisadas es absorbido por alfombras tan espesas, tan gruesas, que uno no oye ni sus propios pasos” en busca de su querida, a la que distribuciĂłn como prueba de su primer acercamiento una fotografĂ­a “tomada una tarde en el parque” (fotograma 3). Pero Y niega la prueba y se obstina en no acordarse, o quizá simplemente es incapaz de llevarlo a cabo, dada su condiciĂłn de ser inanimado (gĂ©lida escultura humana a la que observamos siempre con el mismo gesto – la mano izquierda sobre el hombro derecho – al inicio de cada novedosa apariciĂłn – fotograma 4).

“No esperabas nada. Era como si estuvieras muerta. Pero no es así. Todavía estás viva. Estás aquí. Te veo”, insiste X con obstinación para encontrar romper el hechizo que retiene a Y entre “gente inmóvil y discreta, muerta quizá hace tiempo”. Y, tras numerosos y repetidos intentos (como prueba la imagen de Y abriendo un cajón en el que almacena incontables copias de la misma fotografía que todo el tiempo le entregara X – fotograma 5), por último se rompe el maleficio y X consigue por fin distanciarse con Y, emprendiendo un sendero “a lo riguroso de rectos caminos, entre las inmutables esculturas, perdiéndose para toda la existencia, en la noche tranquila. A solas conmigo“ (fotograma 6).

David Vericat
© cinema primordial (diciembre 2016)