Resumen de la película El buscavidas

No hay en la historia del cinematógrafo ninguna otra película con movimientos como los de El buscavidas. El de Eddie Felson (Paul Newman) acariciando el tapete de una mesa de billar (fotograma 1) a su llegada al local en el que reina Minnesota Fats (Jackie Gleason) para retarle en desafío (“Viene a esta salón de billar cada noche a las ocho en punto. Quédate aquí, él te encontrará”). El del cliente que, cuando va a huír del local (el reloj justo a las ocho en punto), abre las puertas de par en par para ceder el paso a Minnesota Fats. El gordo oteando el horizonte mientras se desprende con distinción de su de america y, tras aceptar el reto de Eddie, secándose las manos con parsimonia antes de empezar la partida. El primer golpe de Eddie, dejando una jugada irrealizable para el instante de Fats (“No le he dejado mucho”, señala Eddie desafiante;  “Lo suficiente”, responde el gordo confiado) y la mirada asombrada del aspirante (poco preocupado por el curso de la partida) frente los certeros golpes de Minnesota (“Fíjate como se desplaza, se ve un bailarín”, le señala fascinado a su compañero, Charlie – Myron McCormick – “Y esos dedos, ¡como si estuviera tocando el violín!”). O, poco después, el del gordo pegando con su taco en el suelo en señal de reconocimiento por una jugada de su contrincante.

Los movimientos definiendo el carácter. El de Eddie, tras más de veinte horas de partida, doblegado en la silla (fotograma 2), mientras Minnesota se peina con expresión impoluta en oposición al espejo (“Tiene más carácter Fats en un dedo que tú en todo el cuerpo”, le espetará el mafioso Bert Gordon – George C. Scott – a Eddie tras su derrota). La mirada de Fats y Bert hacia Eddie, tras negarse por enésima vez a prestar por terminada la partida hasta que su contrincante reconozca la derrota (“El juego se acaba cuando lo diga Fats”), como la de dos matarifes próximo de hacer a su inconsciente presa (“Sigue jugando con el chaval, es un perdedor”, sentencia Bert frente el gordo)…  y el leal Charlie manteniendo los despojos de Eddie en el suelo, por último derrotado por el inmaculado Fats tras veinticinco horas de juego.

Ninguna otra historia de amor narrada con movimientos y miradas como la de Eddie y la frágil Sarah (Piper Laurie): la de ella, ahogando en alcohol su soledad en la cafetería de una estación de autobuses, observando a Eddie mientras almacena sus escasas pertenencias en una consigna; la de él, después de mirarla desde la barra, sentándose en la mesa contigua para detallar una primera conversación (“¿A qué hora sale su autobús?”, “A las ocho… Eso no nos da muy tiempo”, “Tiene razón. Hola y adiós”) y conociendo con sorpresa el frágil caminar de Sarah  cuando se dispone a acompañarla a su apartamento (“No pasa nada. No estoy borracha, sino coja”). Y ya en el rellano de la escalera, la mano de Eddie sobre el hombro de Sarah (y ella desconcertada: “¿Por qué yo?” – fotograma 3), y el beso violento como única respuesta (y ella sobresaltada: “¡Estás muy hambriento!”). Y, tras la primera separación, el reencuentro de ámbas almas solitarias en la misma cafetería: Sarah acercándose con paso quebradizo a la mesa donde está Eddie (fotograma 4) y los dos mirándose en silencio en el lapso de un instante eterno hasta que Eddie se levanta y se marchan abrazados.

Y el gesto desconsolado de Sarah, una lágrima en la mejilla, mientras escucha a Eddie denigrando a Charlie, que intenta convencerle para volver al circuito (“Túmbate a fallecer solo. No me lleves contigo”), y expresando su obsesión por volver a confrontar al gordo de Minnesota. O el de Eddie, con los pulgares rotos por una paliza tras intentar ganar algún dinero en un tugurio horrible, tratando en vano de desajustarse un botón de la camisa y, tras una primera reacción de rechazo, dejándose por último ayudar por Sarah (fotograma 5) y fundiéndose con ella en un abrazo. Y la absorta mirada de Sarah a Eddie, mientras éste consigue por fin expresar su pasión (“Cualquier cosa puede ser fantástica. Poner ladrillos puede ser fantástico si sabes lo que haces y por qué, y puedes encontrar que ande. Cuando estoy en racha me siento como hay que sentir un jinete en su caballo, con todo es poder y agilidad. Es una sensación fantástica, cuando lo haces bien y lo sabes. Súbitamente, el taco de billar forma parte a mí. Es un trozo de madera con nervios. Sientes las bolas rodar. No tienes que ver, simplemente lo sabes. Haces jugadas que jamás antes se habían hecho. Y juegas al billar como jamás antes se había jugado”); y de derrota, cuando Eddie le comunica que va a volver al circuito de la mano del mafioso Bert Gordon.

Los ojos brillantes de Eddie en oposición al letrero luminoso de un salón de billares; y el gesto triunfal de Bert Gordon cuando Eddie repudia el ruego de Sarah para que deje de accionar bajo la intención del del mafioso (“No le supliques. ¿No ves el fondo de todo lo citado? ¿No ves el criterio?”).

Y Eddie, poco después, postrado frente el cuerpo inerte de Sarah…

Y otra vez frente Minnesota Fat, para jugar la que será su última partida, frente la mirada expectante del mafioso Bert (“Tenias razón: no consigue con tener talento, hay que tener carácter. Y desde luego, ahora mismo tengo carácter… Lo encontré en un hotel de Louisville”). Y, tras la victoria final (por fin las ansiadas expresiones de Fats: “Lo dejo Eddie. No puedo ganarte”), una última mirada de mutuo reconocimiento (“Fats, juegas verdaderamente bien al billar”) y un último gesto del gordo levantando su copa en honor a su contrincante (“Tú también, Eddie”), antes de que Eddie abandone para toda la existencia una salón de billar (fotograma 7).

David Vericat
© cinema primordial (julio 2016)