Resumen de la película El coleccionista

Siendo todav√≠a ferviente seguidor de la hoy en d√≠a denostada pol√≠tica de los autores, y sabiendo, aun un rango por debajo de los que para m√≠ son los gigantes desarolladores del cinemat√≥grafo, a Wyler como uno de sus exponentes, admito que no s√© si ser√≠a con la aptitud de admitir al director de La heredera o La loba (por citar numerosos de los t√≠tulos m√°s caracter√≠sticos de su estilo, que no los destacables desde mi punto de vista) si me enfrentara por primera ocasi√≥n a algunas secuencias de El coleccionista (siguiendo una de las m√°ximas de la teor√≠a de los cr√≠ticos de Cahiers, a saber: que puede ser considerado constructor todo aqu√©l cuyo estilo es reconocible en todas las secuencias de su filmograf√≠a). Quiz√° una de las causas de esto consigua deberse al hecho de que nos encontramos frente una de las proyectos de la √ļltima etapa del director, un per√≠odo en el que no pocos desarolladores ense√Īaron un notorio giro en su filmograf√≠a (en numerosos casos con efectos m√°s bien poco estimulantes, tristemente, aunque no me resisto a citar las ocasiones de Ford y Hitchcock, como ejemplos de todo lo contrario, si atendemos a los incre√≠bles resultados de sus √ļltimos ‚Äď y principalmente singulares – ¬†trabajos) que act√ļa tanto en puntos formales como tem√°ticos, con los que contravienen el estilo forjado a lo largo de toda una filmograf√≠a (citemos las ocasiones de Allen, Polanski o Scorsese ‚Äď para aqu√©llos que le tengan presente autores – por poner s√≥lo algunos ejemplos de esta penosa involuci√≥n).

No es la situacion, desde mi m√©todo, de la pel√≠cula que tenemos entre manos, antes al contrario: la sorpresa frente el visionado de El coleccionista es constatar c√≥mo Wyler tiene dentro con extraordinaria distinci√≥n toda una sucesi√≥n de elementos y elementos que se dir√≠an ajenos a su estilo (o al menos no definitorios del mismo) sin caer en ning√ļn momento en vicios formales tan caracter√≠sticos de la √©poca (los infumables zooms, por citar uno de los m√°s recurrentes) o en piruetas narrativas destinadas a hallar el benepl√°cito del p√ļblico √°vido de artificios m√°s bien cuestionables (y aqu√≠ no me resisto a denominar un t√≠tulo tan elogiado por la cinefilia oficial como la, para m√≠, irritante obra p√≥stuma de Mankiewicz, La huella; una pel√≠cula que puede compararse a El coleccionista en el aspecto del tour de force actoral que mantienen sus respectivas parejas de protagonistas), aun cuando tenga que abonar el peaje de cargar con la molesto aportaci√≥n de Maurice Jarre, responsable de una de sus acostumbradamente insufribles bandas sonoras (Teorema de Jarre: toda pel√≠cula es proporcionalmente menos buena o m√°s mala por medio de la presencia de una banda sonora compuesta por el compositor galo).

Y es que, salvando un inicio que no nos posibilita albergar demasiadas esperanzas (la popularizada y un poco torpe escena de rastreo de Freddie Clegg ‚Äď Terence Stamp ‚Äď a Miranda Grey – Samantha Eggar ‚Äď y su posterior secuestro, con esos redundantes planos aspecto del frasco de cloroformo en la guantera de la furgoneta; o el tosco flahsback ‚Äď en blanco y negro, como mandan los c√°nones ‚Äď en el que se explicita el tortuoso pasado del personaje primordial como empleado de banca, objeto de las burlas de sus compa√Īeros de oficina ‚Äď fotograma 1), y desde el momento en que secuestrador y v√≠ctima quedan confinados en el aislado caser√≥n del personaje primordial (ocioso millonario despu√©s de ganar una destacable suma de dinero en las quinielas), Wyler nos ofrece un incitante ejercicio que, manteniendo algunas de sus personales se√Īas de identidad (el gusto por el chato riguroso y la hondura de campo ‚Äď fotograma 2) tiene dentro, como ya he dicho, algunos elementos no tan caracter√≠sticos en su filmograf√≠a, entre los que cabe poner √©nfasis una direcci√≥n actoral que (por la singularidad de la idea argumental y debido al incre√≠ble trabajo de sus dos protagonistas) se aparta sensiblemente del estilo del resto de su obra; una osado creaci√≥n de atm√≥sferas con una ins√≥lita carga sexual (v√©ase la magn√≠fica secuencia donde Miranda intenta seducir a Freddie, donde Wyler consigue sostener en todo momento la ambivalencia entre deseo y acatamiento del personaje femenino ‚Äď fotograma 3); y, en el aspecto formal, una sugerente utilizaci√≥n de efectivos movimientos de c√°mara (los travellings a lo largo de los muros del s√≥tano en el que Miranda est√° encerrada; el recurso de c√°mara en mano, en la secuencia donde Freddie atrapa a Miranda bajo la lluvia en el exterior del caser√≥n – fotograma 4 -; o la excepcional panor√°mica donde, despu√©s de que Freddie encuentre a Miranda sin vida en el s√≥tano, la c√°mara deja al secuestrador – postrado en la escalinata de la entrada – con un movimiento ascendente para, con una primera panor√°mica a la izquierda, encuadrar el muro donde la v√≠ctima pintaba los d√≠as de su reclusi√≥n y, a continuaci√≥n, llevar a cabo un movimiento descendente hasta el cuerpo muerto de la joven en el camastro).

La comentada relaci√≥n de deseo y acatamiento que se establece entre v√≠ctima y carcelero es, adem√°s, uno de los puntos m√°s atrayentes (y mejor resueltos) de la pel√≠cula. Freddie, un personaje asocial y coleccionista de mariposas, ans√≠a poseer la hermosura de Miranda como si uno m√°s de sus invertebrados trofeos se tratara (tal como observamos en el elocuente chato del rostro de Miranda reflejado en el cristal de una de las cajas de la colecci√≥n ‚Äď fotograma 5); pero la fragilidad de su presa se transforma a su vez un elemento de poder de la misma en relaci√≥n a su captor (que lo √ļltimo que quiere es lastimar a su amada), permiti√©ndole situarse en numerosos instantes como el personaje dominante de la relaci√≥n, lo que provocar√° a la postre el tr√°gico desenlace de la pel√≠cula, seguido de un ep√≠logo con final abierto que, si en otras ocasiones pudiera antojarse gratis o forzado, aqu√≠ me se ve principalmente brillante (un m√©rito atribuible en todo caso a la novela original de John Fowles,): lejos de derrumbarse frente la desaparici√≥n accidental de Miranda, Freddie asigna la culpa de lo acontecido a nuestra Miranda, por lo cual elige arrancar la caza de una √ļnica presa (‚Äúalguien com√ļn, que me respete m√°s, alguien a quien la consigua ense√Īar‚ÄĚ). Una m√°s que elogiable explicaci√≥n de los tortuosos caminos que tienen la oportunidad de llevar a un personaje aparentemente inofensivo a transformarse en un sin coraz√≥n y fr√≠o asesino en serie.

David Vericat
© cinema primordial (diciembre 2016)