Resumen de la película El día de los tramposos

“Érase una vez, cuando los ríos eran cristalinos,
y el aire del valle era fresco y limpio,
había un hombre deshonesto,
iba por un sendero deshonesto,
y siempre llevaba una sonrisa deshonesta.
De todos los hombres deshonestos, en el Oeste deshonesto,
este hombre fue el más deshonesto.”

Confieso que me acerqué con alguna prevención a la revisión de El día de los tramposos, un título instalado en mi memoria afectiva entre los más apreciados de su director, al que no había regresado desde hacía varios lustros (en las memorables sesiones del Sábado Cine de Televisión Española), y con el que temía encontrarme un film de trucos gratis y los recurrentes tics de escenificación tan característicos de la década de los setenta. Nada más lejos de la realidad: el penúltimo título de Mankiewicz sigue como un increíble y atípico western carcelario, con una sobria escenificación y un esmeradísimo trabajo de individuos que se sitúa, para mi gusto, muy por arriba del celebrado último trabajo del director, La huella (si se me posibilita, un film muy más tramposo que el personaje primordial del título que nos ocupa, según la particular versión para su distribución en España).

La secuencia inicial (tras los sugerentes títulos de crédito con el espléndido tema musical que brinda título al film) del asalto de la banda de Paris Pitman, Jr. (Kirk Douglas) a la vivienda de Mr. Lomax (Arthur O’Connell) es ejemplar, tanto en lo que tiene relación a la presentación del personaje primordial, un sujeto sin escrúpulos que mira impertérrito como sus cómplices caen abatidos en la mitad de una huida para quedarse así con todo el botín (el hombre deshonesto o perverso al que alude el título original del film), como por la exposición del tono entre irónico y cínico que va a vigilar la película (empezando por la actitud hipócrita de la sirvienta negra, a la que observamos en la cocina con expresión de hastío justo antes de irrumpir en el salón con falso alborozo para ser útil la cena a los señores – fotograma 1). Un tono que sirve a Mankiewicz para sugerir una observación poco recurrente sobre escenarios y individuos característicos del género (sin caer por ello en ningún momento en el estilo caricaturesco del spagetti western) abordando de manera aparentemente desenfadada temas nada inferiores como el de la delgada línea que divide el bien y el mal  en una sociedad regida por valores tan poco edificantes como los del puritanismo, la hipocresía, o la codicia.

Tras 4 secuencias prólogo donde presenciamos las ocasiones por las que Pitman y los que van a ser sus compañeros de celda son juzgados por sus propios delitos, el film se transporta a cabo totalmente en la cárcel territorial donde éstos son confinados; una fortaleza plantada en medio del desierto de la que se ve irrealizable huír (fotograma 2) y doblegada al yugo de su corrupto director, LeGoff (Martin Gabel), y el jefe de supervisión, Skinner (Bert Freed), siniestro oficial a la caza de jóvenes reos a los que realizar la vida un poco menos dura en vez de sus favores sexuales (el de la homosexualidad será, de hecho, otro de los temas que la película aborda sin bastantes complejos, contraponiendo a la repudiable actitud de Skinner, la peculiar relación de amor odio entre la pareja de timadores formada por Dudley – Hume Cronyn – y Cirus – John Randolph – fotograma 3). Y será exactamente el castigo que Skinner impone al joven Coy (Michael Blodgett), lo que provocará el amotinamiento que acabará con la vida de LeGoff a manos del gigantón Ah-Ping (C.K. Yang) y la consecuente llegada del ex-sheriff Lopeman (Henry Fonda) como nuevo director de la prisión.

“¿Por qué tratas de parecer un hijo de puta?”, le pregunta en un momento Lopeman a Pitman, después de que éste rechace poner su liderazgo al servicio de las ansias reformistas del nuevo director; y la respuesta de éste no puede ser más sincera: “Porque lo soy. Es mi profesión, y soy uno de los mejores” (lo que no impedirá que por último Pitman acceda a interceder para que todos los presos se bañen, a petición de Lopeman, dando lugar a una de los pocos instantes de cooperación entre los dos individuos primordiales, al finalizar bañándose también ellos uno al costado del otro en el desenlace de la día – fotograma 4). Exactamente, sin omitir la perversa actitud moral del personaje primordial, cabría sin embargo calificar a Pitman como un personaje “honesto en su deshonestidad”, sabiendo la naturalidad con la que exhibe su peculiar código de conducta, en una posición en todo caso muy más franca que la de los correspondientes de la ley y el orden, de moralidad sólo aparentemente intachable (desde los nombrados LeGoff y Skinner hasta nuestro Lopeman, personaje que se ve ocultar bajo su sempiterno traje negro un pasado con no pocas sombras). Piénsese, en este sentido, en el instintivo gesto de Pitman para omitir que Coy sea testigo de la ejecución de un reo en el patio de la prisión (Coy está también culpado a la pena capital): quizá el único momento espontáneo del personaje primordial (siempre frío y calculador en su deshonestidad) y precisamente el gesto más noble de alguno de los individuos en toda la película (fotograma 5).

Será, en todo caso, la única concesión del personaje primordial, al que su desmesurada ambición le llevará a traicionar de manera insuperable a todos sus compañeros de celda (también al propio Coy, escudándose otra vez en su particular código de conducta: “Le ahorcan la semana que viene ¿Qué más brinda? Al menos ahora mismo tiene una oportunidad”) con el propósito de poder huír en solitario y recobrar el botín que dejó custodiado por un puñado de víboras frente las que, por último, acabará recibiendo un trato a la altura de su catadura moral.

David Vericat
© cinema primordial (julio 2015)