El duendecillo avaricioso

Un día, María se encontraba dando un recorrido por el bosque y descubrió un almendro cargado de ricos frutos, de ricas y lindas almendras. Era justo uno de sus frutos secos preferidos y le encantaba llevar a cabo bizcocho con ellas. Justo cuando se disponía a cargar varias en su mochila para la cena, escuchó una voz tras de sí.
-Esas almendras son mías, no se te ocurra tocarlas siquiera – escuchó sin tener la posibilidad de visualizar de dónde venían esas amenazantes expresiones.

Buscando entre las sombras ha podido ver por fin al dueño de esa rotunda voz. Era un personaje muy extraño, de un tamaño muy pequeño y que iba vestido de color rojo y un gorro puntiagudo. Le mencionó que todos los frutales del pueblo eran suyos. Que él los sembraba, los regaba, los abonaba y recogía sus frutos. Entonces, solo a él correspondía gozar de la cosecha de almendras que María había descubierto. La niña no se encontraba para nada en concordancia y, como era muy intrépido y con bastante carácter, le plantó cara a aquel ser enigmático y egoísta a partes iguales.
– Las tierras en las que están esos árboles frutales de los que presumes son de todo el pueblo. El agua de la que sacas el agua para regarlos es del pozo comunitario y el estiércol para abonar es también del ganado de la granja municipal – le espetó con seguridad la niña.

El duendecillo avaricioso parecía no comprender los argumentos de María. De hecho, seguía manteniendo que aquellas almendras eran suyas y que, en tal caso, regalaría varias a quien él quisiera. En el final, el enfrentamiento llegó al nivel que la niña salió a su casa tirando la toalla. Al día siguiente, comentando con los vecinos del pueblo, ideó un plan. Dejó al pozo sin cubo para obtener el agua y a la granja sin pala para sacar el estiércol de abonar. El duende se quedó sin elementos para sostener sus árboles y tuvo que terminar reconociendo que, si estos estaban lustrosos y daban ricos frutos, era por medio de la asistencia de sus vecinos. En el final, entró en razón y, con el apoyo de María, organizó una enorme merienda para todo el pueblo. Sobre la mesa, además de almendras, puso sandías, melocotones, peras, manzanas y hasta calabazas. Todo provenía de un huerto que, desde ese día, pasó a ser comunitario.

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