Resumen de la película El intendente Sansho

Siendo una de sus proyectos más duras temáticamente, El gobernador Sansho es a la vez una de las películas formalmente más estilizadas de Kenji Mizoguchi. Una combinación con la que el director japonés nos ofrece algunas de las imágenes más terriblemente bellas de toda su filmografía para narrar esta narración sobre el cariño y la caridad como elementos de resistencia frente a la opresión y la injusticia.

El arranque de la película es sencillamente magistral: a través de una secuencia de insertos en flashback sobre las imágenes de la huida de Tamaki (Kinuyo Tanaka) y los jóvenes Zushiô y Anju, Mizoguchi nos narra el episodio del pasado en que el cabeza de familia, el gobernador Masauji (Masao Shimizu), es desterrado por los samuráis por medio de su insobornable sentido de la justicia en favor de los campesinos. En este juego de saltos temporales, cada transición es modélica por el diálogo que establece entre pasado y presente: desde la primera de ellas, en las que el director encadena el chato de un joven Zushiô corriendo en el bosque (momento presente) con el mismo Zushiô corriendo de niño en el poblado (momento pasado), hasta la que cierra la serie, en la extraordinaria secuencia donde observamos al gobernador Masauji alejándose en su destierro (momento pasado) “observado” por Tamaki, desde el momento presente (el chato del gobernador encadena con el de la mujer con la mirada perdida a la distancia, hacia el espacio en off de los recuerdos – fotograma 1) para a continuación darse la vuelta y dirigir la mirada a sus dos hijos (imagen de un futuro incierto), que juegan a la orilla de un río. Es, sin dudas, una magnífica muestra del absoluto dominio de la escenificación a través de las transiciones temporales y la utilización del fuera de campo de parte de Mizoguchi.

“Si un sujeto no siente la caridad no es un sujeto. De hecho frente tu enemigo hay que sentir caridad. Todos los humanos son iguales y no se les puede privar de la libertad”, son las expresiones que Masauji transmite a su hijo, Zushiô, justo antes de ser desterrado. Expresiones que van a transformarse en la máxima del joven personaje primordial, y que van a tomar pleno sentido desde el secuestro de los dos hermanos (en la primera de las muchas durísimas secuencias de la película, aquí subrayada con el dramático apunte musical de una flauta que se ve gritar realmente por los protagonistas) y su posterior venta como esclavos a manos del déspota Sansho Dayu (Eitarô Shindô).

Hay en la película un uso recurrente de imágenes que se repiten adoptando cada vez un nuevo, cuando no antagónico, significado: poco después de ser apresados, Zushiô y Anju observan horrorizados los crueles métodos de castigo aplicados a un fugitivo, al que el mismo Sansho marca la cara con un hierro al rojo vivo, métodos que años más tarde observamos como es nuestro Zushiô (Yoshiaki Hanayagi), ya completamente deshumanizado, el solicitado de usar a algún prisionero que intente la fuga. De modo parecido, cuando al inicio de la película Zushiô y Anju recogen juncos y ramas para pasar la noche a la intemperie, observamos a los dos hermanos riendo al caer al suelo tras ceder bruscamente la rama de un árbol; un chato y acción que Mizoguchi reitera exactamente cuando los dos hermanos tienen que llevar a cabo el lecho de muerte de una prisionera moribunda (fotograma 2), sólo que en esta ocasión el hecho con la rama está lejos de ocasionar risa alguna en los individuos primordiales (dando la idea de que la alegría o la desdicha son frecuentemente dos caras de una misma moneda). En todo caso, el director utiliza esta acción para reflejar la recuperación de la raza humana de parte de Zushiô, el cual, a través del recuerdo del último instante de felicidad vivido con su hermana, toma consciencia de la degradación moral a la que se vió abocado y elige huír, con la intención de regresar más tarde para dejar en independencia a Anju (Kyôko Kagawa).

Previamente a la huida de Zushiô, Anjou tiene conocimiento del terrible destino de Tamaki a través del canto de una muchacha prisionera recién llegada que narra la trágica historia de la madre recluida como prostituta en la isla de Sado. En una única muestra del magnífico uso de las transiciones espacio-temporales de la película, Mizoguchi enlaza el chato de Anjou oyendo entre lágrimas el canto de la joven con las imágenes del intento de fuga de Tamaki. Un recurso que se reitera poco después en otra escena que combina de forma magistral horror y belleza: tras la huida de Zushiô, Anjou se suicida sumergiéndose bajo las aguas de un río mientras oímos otra vez el lamento con fachada de canto de Tamaki (fotograma 3).

Este mismo canto, convertido ya en un himno al amor de una madre hacia los hijos ausentes, será el que acabará reuniendo otra vez a Zushiô con Tamaki, ciega e inválida, en el alucinante chato final de esta trágica y emocionantísima película, sin lugar a dudas, una de las proyectos cumbre de lo que Truffaut definió como “cine de la crueldad”.

David Vericat
© cinema primordial (noviembre 2013)