Resumen del cuento El malo del cuento

¿Qué ocurriría si el malo del cuento por antonomasia, el temido lobo, una mañana se levantara con ganas de ser el héroe del cuento? Seguro que se montaría un buen lío en el planeta imaginario de los personajes literarios…

Pero, ¿quién ha dicho que los malos no son en ocasiones un tanto buenos, y que los buenos no se comportan en muchas ocasiones de una forma mala? Semeja un trabalenguas, mas no lo es. Es la historia de «El malo del cuento»…

El malo del cuento

Cansado de ser siempre y en todo momento el malo de los cuentos, el lobo se levantó aquella mañana presto a abandonar a su cargo. Se puso el traje de todos los domingos, se afeitó con esfuerzo y se fue a la oficina de trabajo de personajes infantiles. En la oficina había un enorme follón. El Gato con botas había intentado colarse y pasar ya antes que la Abuela de Caperucita y la Hechicera de Blancanieves se había disgustado tanto que le había transformado en un ratón:

– ¡Qué poco respeto por los mayores! – había chillado encolerizada.

Los funcionarios de la oficina tardaron más de media hora en persuadir a la Hechicera de que devolviese al Gato a su forma original y de ahí que todo iba con mucho retraso aquella mañana. Cuando al fin chillaron su nombre, el Lobo, arrastrando sus pies, se sentó frente al oficinista.

– ¿Qué quiere, señor Lobo? ¿Ha tenido algún retraso con su salario este mes?

– No, no, todo eso está perfecto. Lo que no está bien es el trabajo. Estoy agotado de ser el malo de los cuentos. De que los pequeños me tengan temor. De que el resto personajes se rían siempre y en todo momento de mi cuando terminan quemándome, llenándome de piedras la barriga, o bien disparándome con una escopeta de cazador. ¡O bien me transforman en héroe o bien me voy por siempre!

– Mas eso no podemos hacerlo. Para héroes ya tenemos a los príncipes.

– Pero eso es muy desganado. ¿No ha oído las protestas de las princesas? Ellas asimismo están hartas de ser unas melindres que siempre y en todo momento precisan ser salvadas: los tiempos cambian, señor funcionario. A ver si se enteran en esta oficina de una vez…

Pero por mucho que el señor Lobo procuró persuadir al obrero, no lo logró, conque se fue disgustado presto a no trabajar jamás más.

Fue como los cuentos se quedaron sin villano. El cerdo de la casa de ladrillos miraba con añoranza la chimenea, Caperucita se enojaba con la abuela por el hecho de que no tenía los ojos, ni la nariz, ni la boca muy grande, los 7 cabritillos aguardaban desganados en casa a que mamá apareciese, Pedro no amedrentaba a absolutamente nadie con su grito de ¡qué viene el lobo! por el hecho de que todos sabían que este se había ido por siempre.

Pero lo peor fue que, sin el señor Lobo, los cuentos dejaron de ser amenos y los pequeños se aburrían tanto, que dejaron de leer.

Muy preocupados, todos y cada uno de los personajes infantiles se reunieron en la oficina de trabajo para procurar buscar una soluciĂłn.

– Si los pequeños dejan de leer, pronto vamos a desaparecer todos.

– Hay que persuadir al señor Lobo de que sea de nuevo el malo de nuestros cuentos.

– Debemos prometerle que no volveremos a reírnos de él. ¡Le precisamos!

AsĂ­ que todos juntos fueron a visitarle. Cuando el Lobo vio que todos y cada uno de los personajes deseaban que volviese, se sintiĂł conmovido.

– Está bien, veo que no me queda más antídoto que admitir que mi papel en los cuentos es ser el malo. Mas para retornar a la literatura necesito que me hagáis un favor: deseo que todos y cada uno de los pequeños sepan que en mi tiempo libre no voy por ahí comiéndome abuelas, ni cabritillos, ni cerdos.

– Pero, ¿de qué forma vamos a hacer eso? – preguntaron todos sorprendidos.

– Conozco un weblog de cuentos infantiles que seguro que estarían interesados en esta historia – exclamó encantado un conejo sin orejas.

Y fue como la historia del Lobo que no deseaba ser el malo del cuento llegó hasta nosotros…