Resumen de la película Eva al desnudo

“Todos ustedes lo saben todo de Eva. ¿Qué posiblemente halla que no sepan ya?”

Eva al desnudo, o Todo sobre Eva como reza el título original, es de todos métodos una película sobre Margo Channing (inconmensurable, Bette Davis), “una colosal estrella, un auténtica estrella” que, en la mitad de una época de madurez, afronta el difícil momento de tener que asumir que muy próximamente no podrá seguir interpretando los papeles de joven heroína que le llevaron a el reconocimiento. “No tengo veinte años. No tengo treinta. Hace tres meses cumplí 40 años”, se lamenta frente su dramaturgo, Lloyd Richards (Hugh Marlowe), frente la visión de un nuevo personaje de únicamente veinte años que encabeza el reparto de su novedosa obra. Sus miedos traspasan de hecho el ámbito del ámbito para situarse en el lote de su relación sentimental con el director Bill Simpson (Gary Merrill), precisamente más joven que ella: “Bill tiene treina y dos años. Los aparenta. Los aparentaba hace cinco años. Lo seguirá llevando a cabo dentro de otros veinte. Odio a los hombres”.

Narrada en flashback desde la ceremonia de unos prestigiosos premios teatrales cuyo máximo galardón está próximo de recibir la joven Eve Harrington (Anne Baxter), la película da un inteligentísimo relato a tres voces (con transiciones algunas ocasiones evidentes por el cambio de la voz narradora, otras más sutiles desde la variación de los individuos presentes en cada momento), entre nuestra Margo Channing, el crítico Addison DeWitt (un inalcanzable George Sanders), y la mujer de Lloyd Richards, Karen (Celeste Holm), quienes, a través de sus recuerdos, nos desvelarán la mezquina personalidad de la joven actriz que está próximo de recibir los honores de toda la profesión teatral (fotograma 1).

Es el cínico DeWitt quien, después de ponernos en situación describiendo el acto en el que nos encontramos (el culmen del arte de la interpretación frente a otras escenarios muy menos nobles, según se desprende de las expresiones del crítico al saber la ceremonia como “unos premios sin la fenomenal publicidad de honores tan cuestionables como los de esa… sociedad cinematográfica”), inicia la narración presentándose a sí mismo (“Soy infaltante para el teatro”) y al resto de individuos primordiales de la historia (a los que contemplamos desde el método del crítico escuchar con semblante escéptico las loas a la galardonada) para prestar paso rápidamente a la voz de Karen Richards recordando su primer acercamiento con una desvalida Eve a la entrada del teatro en el que actúa Margo Channing.

Mankiewicz filma la historia con una escenificación sobria y supeditada a la brillantez de unos diálogos del todo punto extraordinarios, parte considerable de ellos en boca de Margo Channing y el crítico DeWitt (auténticas vedettes de la función), algunos a través de Bill Simpson, y pocos a cargo del resto de individuos, incluida nuestra Eve (lo que brinda un criterio de la verídica consideración de los diferentes letras y números de la película). Mención además merece el personaje de la asistenta Birdie (extraordinaria, como siempre, Thelma Ritter), para quien el escritor de guiones se reserva algunas de las más ácidas perlas de la partida en sus permanentes rifirrafes con Margo: 1) Margo: “Seguro que tienes que realizar cosas en el baño querida”; Birdie: “Si no, ya encontraré algo hasta que te normalices”. 2) Margo: “Prueba a ponerte esa faja y accionar durante dos horas y media”; Birdie: “No podría ponerme esa faja ni en dos horas y media”. 3) Margo: “Birdie, a ti no disfrutas Eve, ¿verdad?”; Birdie: “¿Quieres pelea o una respuesta?”.

Pero esta sobriedad no está exenta de diferentes instantes memorables en relación a nuestra puesta en escena: citemos por ejemplo cosas el chato de Margo Channing, en el desenlace de la fiesta del aniversario de Bill, enfrentada a la imagen de una mujer ya madura que observamos en un colosal cuadro de su apartamento (el reflejo de su propia madurez – fotograma 2), al que se contrapone un chato posterior de la personaje primordial, en su acercamiento con DeWitt justo antes de comprender de la traición de Eve, junto al letrero de la obra que interpreta en el que observamos una ilustración de una rejuvenecida Margo Channing (su obligada imagen en el ámbito – fotograma 3); la imagen de Margo, dejada por Bill después de ser víctima de esa traición, llorando amargamente en el ámbito vacío (fotograma 4); o el chato del combate final entre DeWitt y Eve, los dos como ámbas caras de una misma moneda (“Eres un sujeto improbable, Eve, y yo también. Tenemos eso en común. También el desprecio por la raza humana, y la incapacidad de amar y ser amados. La ambición insaciable… y el talento” – fotograma 5).

En todo caso, y más allá de por ser un auténtico festín para los cazadores de réplicas memorables, si por algo recalca la película es, como ya se ha dicho, por el magnífico retrato que confecciona de la auténtica personaje primordial de la historia, Margo Channing. Un personaje que oculta tras su carácter cínico y corrosivo, la mayoria de las ocasiones desafiante (“Abróchense los cinturones. Será una noche muy movida”), su extrema indefensión frente una única etapa primordial para la que no está lista y que por último va a tener que asumir como ineludible (“Es atrayente, la carrera de una mujer. Las cosas de las que te deshaces para ir más rápido. Olvidas que volverás a necesitarlas cuando vuelvas a ser una mujer”) hasta finalizar aceptándolo como lo querible (“Por fin tengo una vida que vivir. No necesito realizar papeles para los que no tengo edad solo porque no tengo nada que realizar por las noches”).

No pasa lo mismo con la ambiciosa Eve Harrington que, más allá de que durante la primera mitad de la película se muestra con una ambigüedad que le brinda cierto misterio, se destapa más adelante como una maligna excesivamente aparente, lo cual redunda en la pérdida de contrariedad del personaje: debemos acordarse por ejemplo cosas la escena donde, tras sustituir con éxito a Margo en el ámbito, intenta torpemente seducir a Bill (y su exagerada reacción violenta frente la negativa de éste); el doble juego que pone en práctica frente Karen antes de chantajearla para hallar el papel personaje primordial de la novedosa obra de Lloyd (si ya tenía premeditado el chantaje, ¿por qué esa primera actuación para intentar inspirar lástima?); o, más que nada, la revelación de parte de DeWitt del auténtico pasado de Eve, muy distinto del que había contado a Margo y Karen, en un giro que, se diría, quiere ocasionar un cierto juicio moral del personaje y que a la postre no se observa tener otra función, en términos de guion, que arrojarlo a las garras del abyecto crítico como acto final de inmolación del mismo.