Resumen de la película Fuego en la llanura

Frente de Filipinas, en el ocaso de la Segunda Guerra Mundial. El ejército japonés se bate en retirada frente el avance de las tropas norteamericanas. La agónica situación de las fuerzas niponas toma forma en la figura del soldado Tamura (Eiji Funakoshi), un combatiente enfermo de tuberculosis obligado a vagar por un territorio devastado por la crueldad al no ser recibido ni en su destacamento ni en el precario hospital militar de la región. Con únicamente un puñado de batatas y una única granada en su macuto (para darse muerte en caso de no ser aprobado otra vez en su regreso al hospital), Tamura inicia un dramático peregrinaje que se convertirá en un auténtico descenso a los infiernos, vagando sin rumbo en un paisaje sembrado de muerte y desolación.

“Se mencionó que iba a fallecer, y así pensé que sería. Entonces ¿por qué corro?”, se pregunta el personaje primordial tras salvarse del bombardeo sobre el hospital al que acaba de regresar, mientras contempla los cadáveres de los enfermos desparramados por el suelo (fotograma 1). Convertido desde este momento en un auténtico muerto andante, Tamura será testigo (y protagonista) impasible de una barbarie que irá en crescendo hasta llegar a exhibir la más absoluta bestialización del ser humano.

Hay una secuencia, justo tras la huida del personaje primordial del hospital, que simboliza de manera elocuente los perversos mecanismos de la crueldad en un contexto de miedo, caos e indefensión provocado por algún contienda bélica: sentado frente un arroyo para refrescarse los pies, Tamura mira entre atrayente y divertido una hormiga que sostiene en la palma de su mano, hasta que la picadura del insecto le hace reaccionar arrojándolo con crueldad al agua. Instantaneamente después de este episodio, y tras avistar la cruz de lo que se ve el campanario de una iglesia en el horizonte, Tamura llega a un poblado aparentemente despoblado en el que revela un montón de cadáveres de soldados japoneses apilados frente a la pequeña iglesia. Tras vagar por las calles del poblado, encuentra a una muchacha pareja en una de las chozas, a la que se acerca con gesto alcanzable pero sin dejar de empuñar su fusil (fotograma 2), lo que hace el grito de terror de la muchacha y la consiguiente reacción visceral de Tamura (no sin contemplar por un instante y con mirada extrañada el arma en su mano), tirando a bocajarro sobre la joven. Del mismo modo que con la picadura de la aterrorizada hormiga, el personaje primordial responde con brutalidad al ser incapaz de decodificar la reacción de terror que él mismo hace en la indefensa pareja.

Después de dejar el poblado, Tamura está con tres soldados que huyen del frente (“Hemos estado en el infierno y hemos vuelto. De hecho comimos carne humana en Novedosa Guinea”) y se une a ellos en su retirada hacia el puerto de Palompon, en donde se repliega el ejército japonés. Las imágenes de barbarie se suceden desde este momento ya de forma ineludible, alternado ocasiones de desesperanzada devastación (el travelling de Tamura continuando en un paraje sembrado de cadáveres – fotograma 3), con instantes de insólito humor negro (“¿Es así como acabaremos todos?”, se pregunta un soldado frente la visión de un cadáver boca abajo, a eso que nuestro cadáver, después de alzar la cara, responde indolente: “¿dijiste algo?”, para volver a postrar instantaneamente la cara en el fango) y episodios de irritante crudeza (Tamura, frente la imagen del moribundo veterano alimentándose de sus propios intestinos – fotograma 4) que llevarán al personaje primordial hasta la más absoluta deshumanización: después de reunirse con Nagamatsu (Mickey Curtis) y Yasuda (Osamu Takizawa), dos de sus antiguos compañeros de regimiento, y comprender que lo que le ofrecen como carne de mono es de todos métodos carne humana de soldados en retirada que ellos mismos abaten, Tamura se planta frente el fusil de su Nagamatsu cuando éste se lamenta por haber dejado huír una única presa (“El mono ha huido. ¿Quién sabe cuándo volveré a encontrar otro?”) para responder, desafiante, “Tienes uno justo enfrente de ti” (fotograma 5 – en lo que se ve ser a la vez una toma de conciencia y resignada aceptación del final de su tránsito hacia nuestra animalización).

Ichikawa, quizá en un único gesto de piedad hacia su personaje primordial, modificó el desenlace de la novela (en la que Tamura consigue socorrer la vida para finalizar recluido el resto de su crónica en un manicomio) para proveer a su héroe la única salvación posible cuando, después de avistar una columna de humo, avanza hacia ella con promesa de dejar el infierno (“Debe haber granjeros cerca de ese fuego. Sé que es riesgoso ir pero sólo deseo ver por una vez gente normal”) para caer instantaneamente abatido en la llanura por una mortífera ráfaga de tiros.

David Vericat
© cinema primordial (enero 2016)