Resumen de la película La ceremonia

Entre las virtudes del cine de Chabrol, una de las más interesantes es sin duda su aptitud para ponernos en oposición al espejo. Los individuos de la mayoría de sus películas, integrantes de una burguesía acomodada de intachable ideología liberal-progresista, jamás son representaciones en dibujo excesivas sino que se detallan muy bien reconocibles y nos aceptan (nos obligan a) vernos reflejados en ellos, tanto en sus honorables virtudes como en sus velados defectos.

Los integrantes de la familia Lelievre (el cabeza de familia, Georges – Jean-Pierre Cassel -, su hermosa mujer, Catherine – Jacqueline Bisset -, la responsable hija, Melinda – Virginie Ledoyen -, y su gracioso hermano, Gilles – Valentin Merlet), discuten antes de la cena sobre la forma más correcta de llamar a su novedosa empleada de lugar de vida, la circunspecta Sophie (extraordinaria, como siempre, Sandrine Bonnaire), intentando de hallar una definición que les permita sostener seguro su conciencia popular, como si el sistema de clases no fuera con ellos (“llamarla sirvienta… ¡es humillante! No sé… empleada de lugar de vida, gobernanta”, protesta concienciada la joven Melinda), aunque, poco después, sentados a la mesa a lo largo de la cena, las alusiones a su novedosa empleada ya serán menos prudentes (Gilles: “¿Sabe cocinar la chacha? Quisiera que no sea muy fea”; Melinda: “¿Por qué? ¿Te deseas estrenar con ella?”; Georges: “Al chico le agrada lo bello. Su comentario es adecuado”; Gilles: “Ojalá sea mejor que la de la semana pasada” – fotograma 1). Nada repudiable, tratándose de una conversación banal y que, desde luego, no se produciría en ningún caso frente la persona aludida (¡politesse frente todo!). Al final de cuenta, ¿cuántos de nosotros no tuvimos una conversación similar, sencillamente para divertirnos un rato y, desde luego, sin ánimo de ofender ni faltar al respeto? Porque, cabe decirlo, la conducta de los Lelievre en relación a su empleada Sophie es en todo instante completamente intachable (la tratan siempre con familiaridad, manteniendo, eso sí, una sensato distancia; le proponen costearle las clases de conducción para que logre usar uno de sus vehículos para sus quehaceres en el pueblo; le piden hora en el oculista para arreglar sus inconvenientes de visión), si no fuera (¡ay!) por algunos minúsculos episodios sin solamente consideración, como el hecho de ofrecer por descontada su presencia para atender a los invitados a la fiesta de cumpleaños de la grácil Melinda, aun tratándose del único día libre de la empleada (“haga lo que pueda”, había proclamado con condescendencia Catherine frente la explicación de Sophie por tener comprometida la día de seguro, lo que no impedirá la furia de la patrona cuando descubra que la asistenta termina por último ausentándose en medio de una celebración), o el insignificante aspecto de que Sophie esté haciendo un trabajo sin contrato (“¿Sabe que podría echarla esta misma noche? No hicimos contrato. Pero no seré tan duro: puede quedarse una semana más”, argumentará magnánimo Georges en el instante de comunicarle su despido).

En este remanso de corrección política y armonía familiar, la irrupción de la encargada de correos de la ciudad, la alocada Jeanne (Isabelle Huppert, en uno de sus superiores trabajos), entablando rápidamente una relación de camaradería con la reservada Sophie, activará una bomba de relojería que no tardará en detonar realizando saltar todo por los aires. “Me sacan de quicio. Se detallan amables pero ¿qué saben? Lo tienen todo. Su inconveniente es si el coche nuevo será rojo o azul, o si el primo tal heredará de la abuela. Yo podría haber sido feliz con la décima parte de lo que tienen. No vamos a dejar que nos tomen el pelo”, protesta Jeanne cuando Sophie le cuenta que fué despedida (fotograma 2). Un despido que, otra vez, se nos enseña como una acción totalmente justificada por parte del íntegro Georges, incapaz de tolerar el intento de chantaje de Sophie, que había amenazado a Melinda con revelar su embarazo si ella explicaba a sus padres su analfabetismo (“Si mi padre se entera…”, escucha Sophie el angustiado lamento de Melinda a su novio por teléfono, “Él está obsesionado con la educación sexual. ¡Cree que esto puede pasarle a alguno menos a mí!”, en una reacción que destapa una alguna autoconciencia de superioridad moral en el momento de tener que enfrentar un inconveniente que los Lelievre piensan propio de las clases con menos educación).

Fiel a su personalísima aproximación a eso que podríamos llamar el subgénero del thriller popular, Chabrol nos da en La Ceremonia una exclusiva exhibe de su extraordinaria aptitud para crear suspense desde las ocasiones más diarias. En esta situación, con la angustiosa situación de Sophie, en su atormentado intento por proteger el misterio de su analfabetismo frente los Lelievre (fotograma 3 – lo que sirve al director para hacernos empatizar siempre con la personaje principal, más allá de su actitud poco menos que siniestra en distintos episodios). Personaje con nula aptitud afectiva, totalmente asocial (cuya única fuente de interés se ve ser el magnético poder de la pantalla de un TV, en oposición al cual permanece totalmente abstraída a lo largo de horas), Sophie encontrará en la perturbada Jeanne a la única persona con la que consigue por fin empatizar (la imagen de la personaje principal corriendo al acercamiento de su novedosa amiga tras dejar la vivienda de los Lelievre en medio de una celebración del cumpleaños de Melinda es el primer y uno de los únicos instantes de felicidad del personaje – fotograma 4). Es atrayente, en este sentido, ver el desarrollo inverso que experimentamos en relación a los dos individuos primordiales de la película: Sophie, a la que al inicio observamos como un individuo increíblemente tímida y vulnerable, termina exponiendo su forma de pensar fría y calculadora, totalmente ajena a algún código ético o moral (ya sea a través de pequeños datos que le aceptan sostener su engaño frente los Lelievre, como en el instante de admitir sin remordimiento alguno su pasado criminal frente Jeanne); por el opuesto, Jeanne, a la que observamos en un inicio como alguien con la capacidad de saltarse las más elementales normas sociales, es una mujer marcada por un trágico episodio de su pasado (la muerte de su pequeña hija) a causa del cual, más allá de ser juzgada y por último exculpada, quedó socialmente sentenciada para siempre (lo cual sería una más que viable causa de su accionar enajenado), comenzando por el ecuánime Georges Lelievre, que frente la sospecha de que la empleada de correos abre las cartas que le distribución, no duda en acusarla recordando constantemente el delito del que por último fue absuelta (fotograma 5).

Nada extraño, por consiguiente, que sea la reservada Sophie la que tome inesperadamente la idea para transformar el inocente juego de Jeanne en la sangrienta ceremonia con la que los dos individuos van a terminar realizando saltar por los aires la apacible, inmaculada, respetable vida de los Lelievre.

David Vericat
© cinema fundamental (febrero 2017)