Resumen de la película La dama de Shanghai

‚ÄúCuando me brinda por realizar locuras no hay nada que me detenga. Si hubiera popular c√≥mo iba a finalizar todo, jam√°s habr√≠a dejado que empezara. Os√©a, si estuvo en mi sano juicio. Pero en relaci√≥n la vi, mi sano juicio se esfum√≥ por alg√ļn tiempo‚ÄĚ

Resulta dif√≠cil no relacionar la confesi√≥n de Michael O’Hara (Orson Welles) al inicio de La dama de Shangai, con la situaci√≥n personal que estaba atravesando el matrimonio Welles-Hayworth durante el rodaje de cuarto riguroso film del director, al t√©rmino del cual, la pareja se divorciar√≠a no precisamente en la conveniente de las ocasiones (‚ÄúNo tienen la oportunidad de darse un criterio de cu√°nto me aburr√≠a con Rita‚ÄĚ, se escucha comentar a Welles en un documental sobre el rodaje de la posterior Sed de mal, y prosigue: ‚ÄúLas mujeres son idiotas por lo general, pero ella era la m√°s idiota de todas‚ÄĚ).

A este tempestuoso √°mbito, cabe a√Īadir las particulares ocasiones que originaron el emprendimiento de la pel√≠cula: arruinado (una vez m√°s) durante la producci√≥n de un musical sobre La vuelta al planeta en ochenta d√≠as, Welles recurre al productor de la Columbia, Harry Cohn, para encontrar los 55.000 d√≥lares que le faltan para hacer el emprendimiento, ofreci√©ndole a cambio dirigir una pel√≠cula para su productora sin cobrar ni un centavo por ello (la versi√≥n que brinda Welles sobre la elecci√≥n de la obra de Sherwood King: el director vio a una muchacha leyendo la novela ‚Äď que √©l desconoc√≠a – precisamente en el momento en que hablaba por tel√©fono con Harry Cohn; la versi√≥n oficial, en cambio, ense√Īa que fue William Castle quien habr√≠a comprado los derechos de la obra, esperando poder dirigirla y acabando en el final relegado como asistente de Welles y productor asociado del film).

Con estos preliminares, se ve aparente que el resultado no pod√≠a ser otro que el de una obra irregular y muy lejos de la perfecci√≥n, pero sin lugar a dudas es exactamente esta imperfecci√≥n (unida al genio de su director, culpado desde el fulgurante √©xito de Ciudadano Kane a levantar sus proyectos en las condiciones m√°s adversas, en uno de los m√°s tr√°gicos ejemplos que se brindaron en la historia del cine de c√≥mo la peor de las maldiciones puede suceder a la m√°s grande de las glorias en el firmamento hollywoodiense) la que adjudica el sentimiento de extra√Īeza y, a la postre, de fascinaci√≥n que hace cada nuevo visionado del film.

Este sentimiento de extra√Īeza se advierte ya desde el arranque de la pel√≠cula, durante el acercamiento nocturno del marinero O‚ÄôHara con la enigm√°tica Elsa Bannister (Rita Hayworth), en una secuencia que Welles rueda ya en una atm√≥sfera on√≠rica (fotograma 1) que ir√° virando hacia la pesadilla mientras avanza la enmara√Īada historia del film. Y la fascinaci√≥n de la misma se acent√ļa sin dudas por el ejercicio de re-construcci√≥n del personaje de Hayworth-Bannister que ejecuta Welles: una idealizaci√≥n que trabaja tanto en la actriz/esposa (empezando por el ‚Äėsacrilegio‚Äô de Welles al cortar y te√Īir de rubio la famosa cabellera de la actriz, y que muy puede deber al sentimiento de hast√≠o del director/marido hacia la imagen real de su pareja) como en el personaje de la ficci√≥n, que alcanzar√° su m√°xima expresi√≥n en la secuencia nocturna dentro del velero de Arthur Bannister (Everett Sloane), con el chato de una marm√≥rea (y pr√°cticamente inalcanzable) Elsa cantando una reveladora canci√≥n de amor a la luz de la luna (‚ÄúNo me abraces, pero si lo haces, no retires tus brazos. No me ames, pero si lo haces, no retires tus labios‚ÄĚ – fotograma 2).

‚Äú¬ŅY qu√© hac√≠a yo, Michael O‚ÄôHara, explorando en un yate de lujo por el soleado mar Caribe? Debido a que est√° claro, iba detr√°s de una mujer casada‚ÄĚ. V√≠ctima de la irresistible atracci√≥n de Elsa, O‚ÄôHara caera en las redes de la maquiav√©lica trama urdida por √©sta y el compa√Īero de Bannister, George Grisby (Glenn Anders – un repugnante personaje al que Welles muestra siempre con la cara ba√Īado en sudor), accediendo a autoinculparse como el asesino de Grisby en vez de 5.000 d√≥lares (para que √©ste consigua cobrar el seguro por su propia muerte y con el rocambolesco argumento de que, al no encontrarse el cad√°ver, no podr√° haber acusaci√≥n de asesinato). Pero, una vez puesto en marcha el plan en San Francisco (y despu√©s del acercamiento secreto de O‚ÄôHara con Elsa en un acuario – √°mbito fantasmag√≥rico que presagia el delirio en el que se va a comprender arrastrado el protagonista) el impensado hallazgo del cad√°ver de Grisby supondr√° el comienzo de la ver√≠dica pesadilla para O‚ÄôHara, detenido como asesino confeso y en manos nada menos que del despechado Bannister como su abogado defensor.

Huyendo de una condena segura, el √°mbito final de la pel√≠cula nos depara un pu√Īado de im√°genes que se convirtieron ya en ic√≥nicas, no s√≥lo de la filmograf√≠a de Welles, sino de la historia del cine en general: O‚ÄôHara deambulando como una secci√≥n sin control por el fantasmag√≥rico laberinto de un parque tem√°tico abandonado (fotograma 3 – una secuencia puramente visual que Welles hab√≠a planeado de m√°s de veinte minutos de metraje y que la productora redujo a √ļnicamente tres minutos) y, por supuesto, la escena final del combate entre Elsa y Arthur Bannister en la sal√≥n de los espejos, con la imagen del rostro de la vampiresa multiplicado hasta el infinito (fotograma 4 – las m√ļltiples caras del personaje) antes de caer abatida con su marido (‚Äúcomo tiburones devor√°ndose entre ellos mismos‚ÄĚ, de esta manera que hab√≠a predicho O‚ÄôHara) frente la at√≥nita mirada del personaje primordial.

‚ÄúTodo el planeta hace el idiota por alguien. La √ļnica forma de omitir problemas es envejecer, as√≠ que pienso que voy a concentrarme en eso. Quiz√°s viva tanto que consigua olvidarme de ella. O quiz√°s muera en el intento‚ÄĚ

David Vericat
© cinema primordial (abril 2015)