Resumen de la película La evasión

“Buenos días. Mi amigo Jacques Becker ha descrito con todo aspecto una historia verídica: la mía. Todo ocurrió en 1947, en la cárcel de La Santé”

Con esta escueta introducción de Jean Keraudy, personaje primordial real de los hechos descritos en el extenso film, empieza el que sería el testamento fílmico de Jacques Becker y, para quien esto redacta, una de las cumbres del arte del cinematógrafo de siempre. No en vano, La evasión (Le trou – El agujero -, en su muy más elocuente título original) tiene la insólita virtud de reunir en sus ciento treinta y dos minutos lo relevante del género documental y del cine de ficción, logrando en algunos instantes una deslumbrante fusión entre los dos registros. Baste para eso detenerse en la secuencia de la excavación del agujero en la celda a cargo de los cinco presos que planean la fuga: durante cinco interminables minutos, Becker muestra en el mismo momento cómo los individuos primordiales perforan el suelo (desde los primeros temerosos golpes hasta el día de hoy en que alcanzan atravesar totalmente el duro hormigón) con la única asistencia de un mazo metálico (en situación, una sección de una de las literas de la celda), aunando en esa misma secuencia la descripción rigurosa del avance (en lugar de utilizar falsos decorados o recurrir a elipsis temporales, los actores ejecutan realmente el agujero exactamente en las mismas condiciones en las que lo realizaron los individuos reales), oséa, su carácter genuinamente documental, con una tensión dramática propia del mejor cine de ficción, que mantiene al espectador completamente en vilo durante todo el avance (Becker combina los larguísimos planos aspecto del mazo pegando sobre el suelo – fotograma 1 –  con insertos de los compañeros de celda observando con nerviosismo la ejecución del agujero, angustiados por el irritante ruido de los golpes contra el hormigón que se ve irrealizable que no alerte a los guardias de la prisión).

Otro ejemplo, más brillante (por complejo) si cabe, de la originalísima idea de Becker lo logramos hallar en la extensa secuencia del primer descenso de Roland (el citado Jean Keraudy) y Manu (Philippe Leroy) para admitir el lote y detallar el itinerario subterráneo que les ha de conducir hasta la libertad; una expedición que bien puede ser vista en tanto que rigurosa reconstrucción de los hechos realmente acontecidos (Becker señala meticulosamente cada movimiento, cada acción que ejecuta el cerebro de la fuga, Roland, para sortear los diferentes obstáculos con lo que la pareja se va encontrando) y, de manera simultanea, como la fabulosa narración de las aventuras de varios navegadores en su sendero a través de un territorio fantástico y inidentificable (y aquí reconocemos a Roland como un trasunto del instructor Otto Lidenbrock, el célebre personaje primordial de Viaje al centro de la tierra) en el que no faltaran los clásicos elementos de todo viaje de aventuras: oscuros pasadizos (la imagen de los dos presos continuando por una galería mientras la cámara retrocede en despacio travelling – fotograma 2), mapas (el de la planta de la prisión que Roland dibuja en el suelo), peligrosos guardianes (que los dos presos tienen que burlar utilizando su ingenio), ríos subterráneos (el canal que conduce hasta el alcantarillado) y hasta terribles monstruos pobladores del subsuelo (la araña que observan los guardias durante su ronda).

Fuera de la celda de los individuos primordiales, en el recinto de la prisión, Becker señala con frialdad la inexorable rutina a la que son sometidos los internos: el reparto del rancho períodico, el registro de las cajas con comida que los presos reciben de sus familiares (y que los guardias manipulan sin ningún miramiento frente la impotente mirada del receptor de las provisiones – fotograma 3), las periódicas inspecciones de las celdas. Una indolente rutina que contrasta con el talento que preside la ferviente actividad de los individuos primordiales durante la ejecución de su plan de fuga, y que Becker filma con la misma precisión con la que actúan Roland y sus compañeros: el minúsculo periscopio que les posibilita vigilar la actividad en la galería exterior, los maniquíes articulados con los que suplantan la presencia de los expedicionarios durante la noche (para burlar la inspección de los guardias a través de la mirilla), el reloj de arena para controlar el tiempo de bajada al subsuelo de cada turno y omitir llegar tarde al registro matinal. Cada objeto y cada acción tienen una consideración decisiva y son piezas indispensables en el mecanismo de relojería con el que se ejecuta el elaborado plan del cerebro de la fuga.

“Jamás había sentido esto. Es la primera ocasión que me siento contento conmigo mismo. Sí, pienso que he cambiado. Y fué a través de vosotros”, le confiesa Claude Gaspard (Marc Michel) a Manu poco después de su llegada a la celda y de ser recibido por los 4 presos para sumarse a su plan. Gaspard, de carácter débil y egoísta, admira la nobleza y solidaridad de sus compañeros, virtudes que él mismo se ve sentir como inalcanzables, de esta manera que Becker deja entrever en los numerosos planos en los que el personaje hace aparición aislado, pensativo u observando las acciones del resto del grupo (fotograma 4). Y pasa que La evasión es también (o sobre todo) un extenso film sobre la lealtad y la traición, personificadas en último término en dos individuos antagónicos: Geo Cassine (Michel Constantin), el preso que, aun después de escoger no fugarse con sus compañeros, seguirá colaborando en las tareas de construcción del túnel; y nuestro Claude Gaspard, incapaz de exceder la dura prueba de lealtad que el destino le deparará en el último y definitivo momento. Dos maneras de seguir que quedan reflejadas en dos planos idénticos pero totalmente contrarios en su significado: la mirada de Roland hacia Geo mientras éste excava el túnel (llena de reconocimiento y admiración hacia el compañero que ya le ha confesado que no se fugará con ellos) y la del mismo Roland a Gaspard, después de que éste haya consumado la traición hacia sus compañeros de celda: una observación más compasiva que de desprecio, igual que las expresiones con las que Roland, desnudo frente los guardias de la prisión, se despide del traidor cuando Gaspard pasa por su lado para ser conducido a una única celda: “Pobre Gaspard”.

David Vericat
© cinema primordial (agosto 2015)

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