Resumen de la película La noche del cazador

“Desconfiad de los falsos profetas que se cubren con pieles de cordero, pero que dentro suyo son lobos furiosos. Por sus actos les conoceréis.”

Quizá sea cierto que el único trabajo como director de Charles Laughton, quien prometió no volver a ponerse tras la cámara después de la pésima recepción de la crítica tras el estreno de la película, deje entrever un exceso de “aspiración a genialidad” de parte de su director, de la misma forma que apunta José María Latorre en El cine fantástico (Dirigido Por…), como si Laughton se hubiera enfrentado al rodaje de la película “con el mismo espíritu despiadado, caprichoso y genialoide del niño que quiere ser el primero de la clase por pura vanidad personal”.  Pero es incuestionable que el increíble actor cumplió con creces su propósito, consiguiendo una de las proyectos más insólitas y autenticos de la historia del cine clásico estadounidense.

Dos son los primordiales elementos que hacen de La noche del cazados una película extraordinaria: por un lado, el asombroso tono de cuento infantil que Laughton usa (de forma magistral) en la puesta en escena; y por el otro, la excepcional actuación de Robert Mitchum (quien llegó a asegurar que la de Harry Powell fue su interpretación preferida y Laughton el más destacable director con el que jamás había trabajado). Si a ello le añadimos el asombroso trabajo de los dos niños personajes principales (cuya dirección, según cuenta la leyenda, Laughton dejó a cargo del propio Mitchum) y de sus dos intérpretes femeninas (Shelley Winters y Lillian Gish), más la espléndida fotografía de Stanley Cortez y la sugerente banda sonora de Walter Schumann, no es de extrañar que nos encontremos frente una obra que sigue fascinando asi sea a cada novedosa revisión, o en un primer visionado a los que tienen la fortuna de descubrirla todavía hoy en día.

Tras un corto prólogo en el que oímos a la anciana Rachel Cooper (Shelley Winters) avisar sobre los “falsos profetas”, el film comienza con un increíble chato cenital de un automóvil en el que podemos encontrar a Harry Powell (Robert Mitchum) justificando frente Dios su último crimen: “A ocasiones me hago una pregunta si en verdad me oyes. No te importa que mate, tu libro está lleno de muertes. Pero hay algo que tú odias Señor: los seres perfumados, perezosos, seres con cabellos ondulados”. Corte al interior de un music hall en el que el personaje principal presencia con gesto de desprecio la actuación de una bailarina exactamente en el instante en el que es detenido por el robo del automóvil. Nuevo corte a otro chato cenital de una granja donde observamos a los pequeños John y Pearl (Billy Chapin y Sally Jane Bruce) jugando en el instante en el que llega su padre, Ben Harper (Peter Graves), huyendo de la policía y con el tiempo justo para ocultar el botín de su golpe en la muñeca de la pequeña Pearl, antes de ser detenido.

Durante la reunión de los dos convictos en la misma celda (en los pocos días de convivencia antes de que Ben Harper sea ajusticiado), Harry Powell intentará sonsacar a su compañero la información del paradero del botín del robo y, al no conseguirlo, se dirige una vez fuera de prisión a la granja de la viuda Willa Harper (Shelley Winters) con la intención de seducirla para casarse con ella y hacerse con el dinero del golpe.

Hay dos breves secuencias que conviene resaltar, justo antes de la llegada de Harry Powell a la granja de los Harper: 1) la insólita digresión donde observamos al verdugo regresar a su lugar de vida tras la ejecución de Ben Harper y, después de ver a sus hijos durmiendo plácidamente, confesar a su mujer, “Mamá, en ocasiones pienso que sería mejor que dejara mi trabajo” (una escena que bien habría podido inspirar a El verdugo, de Jose Luis García Berlanga); y 2) la secuencia rápidamente posterior, que comienza con la despiadado canción del ahorcado (que oímos en un primer instante sobre el chato del rostro del verdugo) que el resto de niños le dedican a John y Pearl, y que culmina con la inocente Pearl tarareando la letra de la misma canción antes de ser reprendida por su hermano (secuencia que apunta el que será uno de los enormes temas de la película, que no es otro que el de la crueldad y sadismo que podemos encontrar en el planeta infantil, frecuentemente superiores, aun cuando de forma inconsciente – o exactamente gracias a ello -, al de todo el mundo de los adultos).

A partir de la llegada de Harry Powell (anunciada por la amenazante silueta de un tren surcando el espacio, en montaje paralelo con la escena donde la vieja Icey – Evelyn Varden – intenta seducir a la joven viuda de la necesidad de casarse de nuevo) la película se sumerge de lleno en la atmósfera de los cuentos infantiles (con todos los elementos de sus ediciones más terroríficas). Algo que queda precisamente patente desde la primera aparición de Powell, a través de su colosal e inquietante sombra reflejada desde el exterior en la pared del cuarto de los dos hermanos (fotograma 1), exactamente en el instante en el que John le está contando un cuento a Pearl (evidente plasmación de la figura del hombre del saco de muchos y muchos cuentos infantiles, que se verá reforzada por la canción religiosa que, desde este instante, escucharemos entonar al maligno Powell siempre que aparezca). Las imágenes de Harry Powell como encarnación del mal son varias y de una impresionante plasticidad: el chato de la silueta a contraluz de Powell, próximo de conocer el botín (cuando John está guardando los billetes con los que Pearl juega inocentemente en el porche de la granja); la estilizada secuencia que precede al asesinato de Willma (con una escenografía e iluminación que evoca al cine expresionista alemán y un insólito trabajo gestual de Mitchum que le hace mostrarse como un diabólico bailarín – fotograma 2); el grito animal del maligno, hundido en la ciénaga, al ver impotente a los dos hermanos huyendo rio abajo en un pequeño bote (de nuevo un instante completamente brillante de Mitchum); o, desde luego, la imagen de la silueta del monstruo cruzando el horizonte al amanecer a lomos de un caballo blanco, frente los ojos atónitos de John Harper (“¿Es que no duerme jamás?”, consigue a balbucear el joven, en una elocuente expresión de la esencia obstinada e infatigable del mal – fotograma 3).

Una tras otro, la película acumula imágenes y instantes de una capacidad expresiva abrumadora: la escenificación de la pelea entre el bien y el mal, plasmada en las expresiones que Powell transporta tatuadas en los nudillos de sus manos; la travesía de los dos hermanos durante un río poblado por criaturas tantas ocasiones personajes principales de los cuentos infantiles (sapos, conejos, arañas, tortugas… ); la imagen de la cabellera de Willa Harper mecida por la corriente bajo las aguas del embarcadero (fotograma 4); el desafío musical entre Rachel Cooper y Harry Powell (ella en la mecedora del porche, fusil en mano; él sentado sobre un tronco, a la luz de la luna – fotograma 5)… como si Laughton presintiera que jamás más volvería a ponerse tras una cámara y sintiera la urgencia y necesidad de condensar su talento donde a la postre sería su personalísima y única obra de gran magnitud maestra.