Resumen de la película La presa desnuda

“Hace centenares de años África era un extendido grupo de naciones inidentificable. Sólo unos pocos navegadores y misioneros, los cazadores de elefantes y los infames traficantes de esclavos, arriesgaban sus vidas por sendas empantanadas de sangre. Su botín eran relucientes colmillos de marfil y sudorosos esclavos vendidos por sus propios jefes de tribu durante las que no paran luchas tribales o apresados por los negreros. El león y el leopardo cazaban sin piedad entre los inmensos rebaños de animales. Y los hombres, incapaces de cubrir a los otros hombres, se volvían como bestias. Y sus vidas eran como las de las bestias”

Actor de no muy éxito en más de ochenta títulos, Cornel Wilde tuvo también una no muy prolífica carrera como director (ocho largometrajes) donde recalca este incitante film de aventuras: una obra atípica por la contundencia y desnudez de su escenificación para narrar la epopeya de un hombre convertido en presa de caza que debe confrontar primero a sus implacables perseguidores y, en última instancia, a las salvajes fuerzas de la naturaleza.

El film empieza con la salida de la expedición de caza al mando del personaje primordial (personaje del que relevantemente no vamos a comprender el nombre, convertido aquí en figura arquetípica del hombre enfrentado a la naturaleza, interpretado por nuestro Cornel Wilde) en busca del preciado marfil de los colmillos de elefante. Un chato general de la fortificación que nos da buena muestra de la sobria (y sorprendente) escenificación qua va a vigilar la película (fotograma 1): por un lado, marcando la dirección del movimiento de los expedicionarios, siempre de izquierda a derecha de chato en su itinerario de ida, que se confrontará a la imagen opuesta (recorrido de derecha a izquierda) que dominará todas las secuencias de la huida del personaje primordial en su regreso a la civilización (un recurso fácil pero tremendamente efectivo que dice muy de la solidez y coherencia narrativa de Wilde en el instante de planificar la narración) ; de igual modo, recalca ya en esta primera secuencia el excepcional uso de la banda sonora, compuesta íntegramente por cánticos y percusiones de los indígenas africanos, con una utilización magistral de los diferentes ritmos de los tambores (como observaremos más adelante) para marcar el ritmo de las secuencias o de hecho sugerir estados de ánimo de los individuos.

Inmediatamente después (si hay algo que caracteriza la película es su absoluta sepa de dilaciones), Wilde nos delata la catadura moral del dueño de la expedición (Gert van den Bergh) en tres breves pero concisas secuencias: primero, en el lapso de un descanso en el sendero, cuando dice su intención de entrar en el lucrativo negocio de esclavos; más tarde, tras la primera día de caza, al jactarse del número de piezas abatidas, sin exhibir ningún signo de arrepentimiento por contar entre ellas a elefantes sin colmillos (“He matado unos cuentos por deporte”, es su miserable argumentación frente el reproche del protagonista); y por último, en su humillante reacción contra el jefe de la expedición indígena (Ken Gampu) cuando éste les reclama algunos obsequios para permitirles proseguir la expedición (fotograma 2). Una actitud que provocará el posterior ataque de los indígenas y que dará lugar a numerosos de los instantes más terriblemente crueles de la película, con el juicio e inmediato martirio de los prisioneros (la de uno de los expedicionarios cubierto de barro y horneado vivo está dentro de las imágenes más atroces que siempre quedaran grabadas en mi memoria – junto, entre alguna otra, la escena final de venganza de la sobrecogedora Freaks, de Tod Browning, cuya predominación en la citada secuencia de Wilde no cabría descartar), y que culminará con un chato que plasma con maestría una de las primordiales proposición de la película (la de la indisolubilidad de lo bello y lo terrible como elementos intrínsecos de la vida salvaje): presa de una jauría humana, uno de los expedicionarios cae abatido a puñaladas en una imagen cenital donde destacan en primer término una bellísimas flores que enmarcan el terrible episodio (fotograma 3).

“Veo a un león. Que muera como un león”, sentencia el jefe de la tribu (Morrison Gampu) frente el personaje primordial después de hacer al resto de los expedicionarios, lo que dará inicio a la prueba de cacería humana a la que será culpado el único superviviente (en un acto de reconocimiento a su diferente actitud y, por consiguiente, ofreciéndole la improbable ocasión de socorrer su vida). Completamente desnudo, el hombre inicia su huida al son de los tambores: un magnífico travelling en montaje paralelo del fugitivo y perseguidores en el que el ritmo in crescendo de la percusión carga de tensión las imágenes hasta que, completamente agotados, presa y cazador caen fulminados sobre la tierra inerte (con la consecuente ralentización del golpe de tambores, convertidos ahora mismo en hermosa onomatopeya de los latidos de los exhautos corazones – fotograma 4).

Alternando las secuencias de la huida y persecución con ocasiones de caza entre las distintas especies que habitan en la selva, Wilde señala la deshumanización del personaje primordial (implacable asesino de sus perseguidores en su desesperada pelea por la supervivencia) al que observamos por último como un fácil integrante más de la inclemente cadena regida por las leyes de la naturaleza (elocuente el chato en el que el hombre atraviesa sin fuerzas una llanura mientras un buitre, en primer término, aguarda acechante el momento de su terminado desfallecimiento – fotograma 5). Los perseguidores por ahora no son el enemigo, sino simplemente uno más de los actores de un ámbito donde la vida y la desaparición se entrelazan como elementos intrínsecos e inapelables, de esta manera que quedará reflejado en la mirada de mutuo reconocimiento entre presa y cazador en el cierre de esta hermosa y sin corazón película de aventuras.

David Vericat
© cinema primordial (diciembre 2015)

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