Resumen del cuento La rana que fue a buscar la lluvia

El cuento de esta semana nos habla de una intrépida ranita que decidió irse a buscar la lluvia, que hacía meses que no aparecía por su querida charca. Este cuento, escrito por María Bautista y también ilustrado por Raquel Blázquez, nos habla de lo esencial que es batallar por lograr aquello que precisamos y no quedarse con los brazos cruzados cada vez que ocurre algo que no nos agrada.

Por eso vais a ver que, aun lo más difícil, aquello que nos semeja imposible, puede mudarse con empeño, osadía y mucha fuerza. Fuerza como la que tiene Ritita, la protagonista de este cuento, y como espero que tengáis todos siempre y en toda circunstancia.

Cuento a la Vista: La rana que fue a buscar la lluvia

Cansada de que llevase meses sin llover, la rana Ritita cogió su maleta a rayas, esa que le habían regalado una primavera y que no había empleado nunca, y se fue en pos de la lluvia.

El resto de ranas la observaron extrañada mientras que se distanciaba de la charca.

– ¿De qué forma va a localizar la lluvia? Eso no se halla, aparece y listo.
– Se marcha a otra charca, como el resto de animales. Hallará otras ranas, otras amigas y nos va a olvidar.
– ¡Qué ingrata!

Pero la rana Ritita no tenía pensado mudarse a otra charca. A ella le agradaba mucho la suya, cuando menos le agradaba mucho ya antes de la sequía, cuando todo florecía a su alrededor, cuando el agua se colaba en los recovecos más ocultos y te obsequiaba siempre y en toda circunstancia imágenes maravillosas: una flor flotando sobre la charca, una libélula haciendo música con sus alas, un caracol tratando de escalar a una piedra, las arañas de agua moviéndose con la sincronización de unas bailarinas acuáticas.

Aquel sitio era su pequeño paraíso, el mejor lugar para poder ver pasar veranos, criar renacuajos y enseñarles a groar y groar. No obstante la horrible sequía que arrasaba la zona dejaba sin agua la charca y en consecuencia sin animales, que no tenían más antídoto que mudarse a otros rincones si deseaba subsistir.

Por eso una noche sin lluvia y sin estrellas (con una luna llena enorme), la rana Ritita había decidido ir a buscar la lluvia. Ella no deseaba huir como el resto, deseaba que todo volviese a ser como anteriormente y para eso precisaban la lluvia. Y si la lluvia no venía, tendría que procurarla.

La rana Ritita, con su maleta de listas, se distanció de la charca con resolución.

– Voy a localizar a esa lluvia vaga y gandula que ha decidido parar de trabajar. La voy a localizar y localizar y encontrar…

Pero fueron pasando las horas y en el cielo solo veía un sol refulgente y caluroso.

– ¡Maldito sol! – exclamó airada – No puedes tener siempre y en toda circunstancia el estrellato. ¿Dónde se encuentra la lluvia?

El sol, que no estaba habituado a que le echasen semejantes reprimendas, deseó ocultarse, ¡mas no había ni una nube en el cielo!

– Lo siento mucho, rana Ritita. ¿Te crees que a mí me agrada trabajar día tras día? Llevo meses sin librar, y eso es agotador. Mas no sé dónde se encuentra la lluvia. Deberías consultar a las nubes.
– Y ¿dónde se encuentran las nubes?
– Puesto que hace mucho que no las veo asimismo. Otras vagos que se han ido de vacaciones.

La rana Ritita y el sol se quedaron meditabundos. ¿Dónde estarían las nubes?

– Lo mejor es que preguntes al viento. Él es el responsable de traerlas de un lado para otro, seguro que te puede decir algo.

Pero aquella tarde de primavera no corría ni un pellizco de viento. La rana Ritita decidió continuar caminando hasta que encontrase al viento por si acaso este podía decirle dónde estaban las nubes y estas donde estaba la lluvia. Por la noche, la rana Ritita llegó a la ribera de un río medio seco y sintió una ligera brisa.

– ¡Viento suave! ¡Al fin te hallé! Estoy buscando a las nubes para que traigan lluvia a nuestra charca. ¿Sabes dónde pueden estar?
– Hace cierto tiempo que no veo a ninguna nube. Lo mejor es que procures el mar. De ahí salen la mayoría de las nubes.

¡El mar! Mas eso estaba muy lejos, tardaría tanto… ¡Menos mal que en su maleta de listas la rana Ritita guardaba un montón de cosas útiles. Por servirnos de un ejemplo un pedazo de corcho hueco que le había regalado una vez un zorro al que le salvó de un cazador. El zorro le había dado aquel corcho para que lo usara como silbato si alguna vez precisaba ayuda. ¡Ese era el instante! Se llevo el corcho hueco a los labios y silbó, silbó, silbó y silbó.

El zorro apareció al poco tiempo.

– ¡Querida rana Ritita! ¡Cuánto tiempo sin vernos! ¿Cómo te encuentras?

La rana Ritita le contó lo preocupada que estaba por su charca y que de ahí que había salido a buscar la lluvia.

– ¡Te voy a ayudar! Súbete a mi espinazo y agárrate fuerte. Vamos a llegar al mar en apenas unas horas.

La rana Ritita nunca había marchado a esa velocidad. Los árboles aparecían y desaparecían y las mariposas y los mosquitos se iban quedando atrás. ¡Qué buena idea haber llamado a su amigo el zorro!
Tal como este había anunciado, en apenas unas horas llegaron a una pequeña montaña desde la que se podía ver el mar. Estaba amaneciendo y el sol (otra vez el sol) teñía de naranja el agua. ¡Era una imagen hermosa!

Ritita se despidió de su amigo el zorro y dando saltos llegó hasta la ribera del mar.

– Buenos días, señor mar. Estoy buscando a las nubes para que nos traigan la lluvia que tanta falta hace en nuestra charca. ¿Sabes de qué forma puedo hallarlas?

El mar dejó que ciertas olas se rompiesen en la arena y después susurró caviloso.

– La única forma que se me ocurre de que las halles es zambullirte en mis aguas y aguardar a que el cielo te absorba.- Y al ver la cara de sorprendo de Ritita soltó una carcajada y exclamó – Así es como se crean las nubes, amiga rana, ¿o qué creías? Pero vamos a lo importante ¿sabes nadar?

Claro que la rana Ritita sabía nadar, pero el mar, tan profundo y salado, era tan diferente a la charca que le dio miedo. ¡Menos mal que en su maleta de rayas tenía justo lo que necesitaba! Un paraguas que había traído con la esperanza de poder utilizarlo cuando encontrara la lluvia. Así que la rana Ritita utilizó el paraguas como barco y se adentró en el mar. Y esperó a ser absorbida por el cielo. Pero el viaje había sido tan agotador y estaba tan cansada que sin darse cuenta se quedó dormida.

Cuando se despertó ya no estaba flotando sobre su paraguas, sino sobre una superficie húmeda y esponjosa: ¡una nube!

– Buenos días, querida nube. ¡Por fin te encuentro! Estoy buscando a la lluvia porque se ha olvidado de mi charca y la pobre se está secando.

La nube se sorprendió de tener dentro una rana. ¡Una rana! Ella estaba acostumbrada a llevar pequeñas gotas de agua, no ranas parlantes.

– ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¡Una rana dentro de una nube! ¡Increíble!

Ritita le contó toda su aventura desde que había salido de su charca y la nube se compadeció de ella.

– Tenemos que hacer algo. Pero aunque soy una nube, no puedo llevar mis gotas de agua a tu charca a menos que nos lo diga la lluvia. Tendremos que hablar con ella.

La nube le contó la historia a otras nubes, que se la contaron al cielo que tenía muy buena relación con la lluvia y podía visitarla siempre que quisiera. Así que el cielo habló con la lluvia y le contó la historia de la rana Ritita.

– ¡Menudo viaje solo para encontrarme! ¡Vaya rana más valiente!

Así que la lluvia, que era buena aunque un poco despistada, por eso a veces se le olvidaba hacer su función en algunos lugares, decidió ayudar a Ritita.

– ¡Esto no puede ser! Ordeno inmediatamente que esa nube salga pitando hacia la charca de nuestra amiga.

Y de este modo fue. La nube comenzó a sobrevolar el cielo y al ratito llegaron a la charca.

– Es el momento, Ritita. Prepárate, por el hecho de que además de gotas de lluvia, también caerás tú.

El cielo se volvió oscuro, el sol se retiró a descansar (¡por fin!) y empezó a llover con fuerza sobre la charca. Todos los animales que aún quedaban allí, abandonaron sus escondites para salir a disfrutar de aquel instante. ¡Llovía!

Y entre las gotas de lluvia, de pronto, vieron aparecer a la rana Ritita con su maleta a rayas y entendieron que, tal como había prometido, había traído la lluvia. ¡Lo había logrado!

Desde entonces la despistada lluvia jamás más volvió a olvidarse de aquella charca y la rana Ritita guardó su maleta a rayas y jamás más tuvo que emplearla. ¿A dónde se iba a marchar pudiendo quedarse en el sitio más fantástico del planeta?

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