Resumen del cuento La ratita presumida

Esta es una revisión bastante singular de un cuento clásico: La ratita presumida. La adaptación moderna de este viejo cuento infantil de La ratita presumida es de Cuento a la Vista, con textos de María Bautista. La ilustración, tan colorida y alegre como siempre y en toda circunstancia, es de Raquel Blázquez.

Veremos qué sucede con esta ratita tan presumida y preocupada por su aspecto, si bien para saberlo hay que leerse el cuento. ¿Te animas?

La ratita presumida

Érase cuando se era, una rata trabajadorcísima, que tenía por hija una ratita muy presumida, a la que le agradaba pasarse el día estirándose los bigotes y tostándose al sol.

Un día, la rata, mientras que volvía de trabajar, se halló en el suelo un objeto muy refulgente. ¡Era una moneda de oro! Con ella podría hacer tantas cosas…

Pero como lo que más le importaba en el planeta a la rata era su pequeña ratita, decidió darle esa moneda de oro a su hija:

– Esta moneda es para ti. Con ella vas a poder adquirir lo que desees para transformarte en una ratita de provecho.

Cuando la ratita presumida recibió aquella moneda, se fue contenta al mercado del pueblo y pese al consejo de su madre, en lugar de invertir ese dinero en un buen negocio, se adquirió la mejor cinta del mercado para hacerse con ella un buen nudo, que se puso en la cola.

– ¡Mira que muy elegante estoy! Con este lacito todo el planeta me admirará y deseará hacer negocios conmigo.

Y es cierto que todo el planeta se quedó sorprendido al ver a la ratita presumida con su lacito colorado. ¡Parecía una ratita de planeta!

De camino a casa, la ratita presumida se cruzó con el gallo, que muy sorprendido le preguntó.

– Justo eso es lo que estoy buscando: un tanto de elegancia para mi granja. ¿Deseas trabajar conmigo?

La ratita presumida, satisfecha de que su plan hubiese funcionado, respondió.

– Depende, ¿deberé levantarme prontísimo?

Cuando el gallo le contó de qué forma funcionaba la granja y como cada mañana se levantaba al amanecer, puso cara de horror:

– ¡Ni charlar! No me agrada madrugar.

Poco después se cruzó con un can cazador. Cuando vio a la ratita, tan muy elegante, creyó que sería una buena compañera para las cacerías. ¡De esta forma tendría alguien con quien charlar!

– Mas ¿deberé correr contigo por el campo persiguiendo conejos? Eso ha de ser de lo más agotador. ¡Ni charlar!

Al rato apareció por ahí un bello gato blanco. De la misma manera que la ratita, aquel gato tenía los bigotes bien estirados, y la ratita presumida enseguida se sintió interesado por él. Le contó que estaba buscando un empleo y le preguntó si podía cooperar con él.

– Por supuesto que sí.

– Mas tu trabajo no va a ser tan agotador como el del can cazador.

– ¡Qué va! Yo no corro jamás demasiado, prefiero quedarme tumbado y que me hagan caricias.

Al escuchar aquello, la ratita abrió los ojos de par en par: ¡con lo que le agradaba a ella que le acariciasen la barriga! El gato asimismo había abierto mucho los ojos y se aproximaba poco a poco más a la pequeña ratita.

– Mas, ¿no deberás madrugar mucho? Acabo de charlar con el gallo y debe despertarse muy pronto.

– ¡Qué va! Si me despierto pronto me doy la vuelta y prosigo durmiendo.

La ratita cada vez estaba más contenta. Tan contenta estaba, que no se daba cuenta de lo cerca que estaba el gato (poco a poco más y más) y de de qué forma se relamía de gusto. Cuando estaba a puntito de admitir ese nuevo trabajo, a la ratita presumida le entró una duda.

– Todo cuanto me has contado está realmente bien, mas ¿a qué te dedicas precisamente?

En ese instante, el gato se abalanzó hacia ella y gritó:

– ¡A apresar ratas y ratones como !

Cuando la ratita presumida se dio cuenta de las pretensiones del gato era ya demasiado tarde. El gran felino la tenía bien agarrado con sus uñas. Mas en ese instante, llegó el can cazador, que había estado atento a la charla y amedrentó al gato, que salió huyendo soltando a la ratita presumida. ¡Menos mal!

Cuando la ratita volvió a casa, todo el planeta en el bosque conocía su historia. Asimismo su mamá, que mitad aliviada, mitad disgustada, la recibió en casa.

– Todo te ha pasado por ser tan cómoda y presumida – le amonestó la mamá – ¿en qué momento te vas a hacer una ratita de provecho?

La ratita presumida no afirmó nada. Había aprendido una buena lección…

Cuento ilustrado  de La Ratita Presumida

¿Qué os ha semejado esta versión del cuento de La ratita presumida? Ya sabéis que si deseáis lograr algo hay que esmerarse, ¡a fin de que no os pase lo mismo que a la ratita presumida, quien creía que solo con su aspecto se podía lograr cualquier cosa sin esmero.

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