Resumen de la película La voz de la montaña

A poco que algún cinéfilo se sugiera la satisfactorio tarea de adentrarse en la vasta filmografía de Mikio Naruse (noventa y dos títulos entre 1930 y 1967), se hace del todo aparente la necesidad de reivindicar su nombre como uno de los gigantes autores del cine japonés (lo que es similar que decir de la historia del cine en general), merecedor sin dudas alguna de un puesto con los incontestables Mizoguchi, Ozu y Kurosawa, y hoy en día lastimosamente olvidado por parte considerable de los principiantes interesados (¡y cuántos otros que indudablemente reúnen méritos parecidos permanecerán todavía hoy también injustamente en el olvido!). Baste como ejemplo de la situación descrita la noticia del reciente fallecimiento de la actriz Setsuko Hara, en septiembre de 2015, aclamada unánimemente como musa de Yasujiro Ozu (para quien actuó en seis películas) al tiempo que se ignoraba de forma de cualquier manera generalizada su participación en hasta cinco proyectos de Naruse, entre las que cabe destacar esta excepcional La voz de la montaña, tercera colaboración de la actriz con el director, que almacena exactamente no pocos puntos en común (si no tanto formales, sí temáticos) con una de las considerables proyectos maestras de Ozu interpretada por nuestra Setsuko Hara, Primavera tardía (1949).

Ciertamente, resulta ineludible no detallar algunos paralelismos entre el personaje de Noriko, la abnegada hija que se niega a contraer matrimonio para seguir estando al precaución de su padre viudo en Primavera tardía, con el de la desdeñada mujer Kikuko (Setsuko Hara) de La voz de la montaña, aquí incapaz de dejar a su indigno marido, Shuichi (Ken Uehara), para no distanciarse de su suegro, Shingo Ogata (Sô Yamamura), con quien la personaje primordial mantiene una relación que trasciende a la que se correspondería entre suegro y nuera para, como observaremos a lo largo de la película, llegar de hecho un poco más allá de la puramente paterno-filial, hasta dejar entrever una velada y comprometida historia de amor que sitúa al film de Naruse como uno de los más singulares y arriesgados dramas románticos que se han plasmado jamás en un display de cine.

Y sin importar su osado desarrollo, el film no cae en ningún momento en la estridencia; antes al contrario, la excelencia de la película estriba precisamente en cómo Naruse llena la escenificación de pequeños datos que conducen irremisiblemente a la comprometida situación entre Kikuko y Ogata: el primer acercamiento entre los dos individuos, durante el regreso de Ogata de su oficina, con un apacible travelling en retroceso siguiendo el sendero de la pareja (fotograma 1); las miradas de reproche de Ogata a su hijo Shuichi frente el denigrante trato de éste hacia Kikuko; de frustración frente a la actitud mezquina de su hija Fusako (Chieko Nakakita), en todo momento celosa por el trato de favor del padre a la mujer de su hermano (viendo Ogata en Kikuko a la clase de hija que siempre deseó y no pudo conseguir); de resignación hacia su relación con su propia mujer, Yasuko (Teruko Nagaoka), que en un momento de la película recuerda frente nuestro Ogata que de todos métodos él hubiera amado casarse con su hermana, fallecida cuando era joven; la secuencia donde Ogata recibe de un viejo amigo una máscara que sin lugar a dudas le recuerda al rostro de Kikuko (fotograma 2); o la escena en que la con pasión de Shuichi justifica las causas del accionar de su hijo, frente el estupor del propio Ogata (“Los tiempos modificaron, una chica tímida por ahora no atrae a los hombres”); son instantes que llevan al espectador, sin percatarse de esto, (igual que les pasa a Kikuko y Ogata), hasta la revelación de los complejos sentimientos que acaban inundando a los dos individuos primordiales y que dará lugar a la que es para mí una de las más bellísimas y dramáticas secuencias de amor jamás filmadas cuando, después de pasar unos días alejada de Shuichi, Kikuko se cita con Ogata en un parque de la región.

Un acercamiento que Naruse filma como si de la separación escencial entre dos amantes se tratara: con los dos individuos paseando entre parejas de enamorados, hablando al inicio de temas triviales hasta que Kikuko reúne fuerzas para expresar entre sollozos su intención de dejar por último a Shuichi (lo que significa de todos métodos distanciarse al final de Ogata – fotograma 3), lo que provocará la tímida reacción del adulto más grande (“Te quiere, pero escogió el sendero equivocado antes de entender su amor”, esgrime Ogata frente Kikuko sin poder omitir prestar la sensación de comentar de sí mismo), antes de resignarse por último a perder para toda la existencia la compañía de la hermosa Kikuko (“¿Me escribirás? Sólo para decirme que estás bien”) mientras observamos a la pareja alejándose hacia la salida del parque.

David Vericat
© cinema primordial (febrero 2016)