Resumen de la película Ladrón de bicicletas

El título de la película no deja ningún resquicio para la duda y, desde la primera secuencia donde observamos a Antonio (Lamberto Maggiorani) comprometerse a tener disponible su bicicleta para poder encontrar el ansiado empleo como fijador de anuncios (“Dios, ¡un trabajo!”), entendemos que está designado a transformarse en el ladrón que brinda nombre a la que se convirtió desde su estreno en una de las considerables proyectos maestras del neorrealismo italiano (lo que la hace no apta para todos esos devotos de series que no sienten ningún rubor al esgrimir con grititos histéricos su aversión a los dichosos espoilers).

Su momento de optimismo es tan fútil como efímero: apoyado en la actitud resolutiva de su mujer Maria (Lianella Carell), recupera de una atiborrada casa de empeños su vieja bicicleta empeñando a cambio la ropa de cama que mantienen como una de las últimas pertenencias de su modestísima vivienda (“¿se puede descansar sin sábanas, no?”, esgrime entre resignada y decidida Maria – fotograma 1) para empezar al día siguiente su día laboral, que muy próximamente se verá fatalmente truncada por el robo del vehículo, lo que dará lugar a su dramático vía crucis en busca del ladronzuelo por las calles de una Roma asestada por la pobreza.

En su tránsito hacia el inexorable y mortal desenlace, y acompañado por su inseparable hijo, Bruno (Enzo Staiola), el personaje primordial se cruzará con otros sobrevivientes que malviven en estrechos apartamentos o recorren la ciudad en busca de algunas liras para socorrer la jornada: prostitutas, mafiosillos, beatas, limpiabotas, santeras, comediantes, barrenderos, amas de casa, feriantes, mendigos… Pobladores de la colosal urbe con los que De Sica (de la mano de un elenco de hasta siete guionistas, con Cesare Zavattini a la cabeza) nos ofrece un fresco tan alucinante como verídica de la situación socioeconómica de la Italia de finales de la década de los 40 (aparece de hecho la velada figura de un pederasta intentando encandilar al pequeño Bruno durante la búsqueda de la bicicleta en el mercado de elementos de segunda mano).

El trabajo y la comida escasean, y los mendigos llenan las iglesias en vez de un plato de pasta: “He ido a misa tengo derecho a la sopa”, protesta el viejo al que Antonio acosa para que le señale la dirección del ladrón de su bicicleta. Pero si a alguien apunta De Sica es en todo caso a los más poderosos, los que corresponden a las clases acomodadas: al insensible oficial de la gendarmería a la que Antonio acude para denunciar el robo; a las beatas y curas “comprando” feligreses por un plato de comida; o al joven integrante de una familia de clase alta que mira con mirada insolente al pequeño Bruno en el sitio de comidas. En cambio, la mirada sobre el ladronzuelo, cuando el personaje primordial le encuentra, está desprovista por último de algún indicio de censura: De Sica nos lo muestra como un ser vulnerable, enfermo de epilepsia, y también nos hace entrar en su vivienda familiar para que seamos conscientes de la pobreza donde habita.

La película es un prodigio de escenificación, tanto en las abundantes secuencias con gigantes multitudes o en amplios espacios exteriores (en las que De Sica llegó a utilizar hasta seis cámaras rodando al tiempo una misma acción), como en los instantes más intimistas, todos ellos protagonizados por Antonio y su hijo Bruno. Da lo mismo qué planos fueran meticulosamente preparados (al parecer, David Lean quedó impresionado en una visita al rodaje por la aptitud de De Sica para las ocasiones urbanas con multitud de extras) y cuáles de ellos fueran producto de la a la suerte (el chato general en el que el pequeño Bruno es atropellado por dos automóviles estuvo próximo de finalizar en catástrofe – fotograma 2); De Sica consigue transmitir en todo momento una absoluta sensación enserio, algo a eso que contribuyó sin dudas la elección de actores no profesionales para todos los papeles. En este último aspecto, el trabajo de la pareja personaje primordial es increíble, y nos da los que sin dudas son los instantes más memorables de la película: la secuencia en el sitio de comidas donde padre e hijo olvidan por un fugaz instante sus penas frente a un plato de mozzarella; el chato (ya icónico) de los dos individuos sentados en la acera, antes de que Antonio intente remover una bicicleta (fotograma 3); y, por supuesto, el alucinante gesto de Bruno cogiendo la mano del padre mientras les observamos alejándose entre la multitud en el chato que cierra esta hermosa y triste crónica de un robo comunicado.

David Vericat
© cinema primordial (mayo 2018)