Resumen de la película Laura

“Jamás olvidaré el objetivo de semana en que murió Laura. Un sol plateado ardía en el cielo como una colosal lupa. Fue el domingo más caluroso que recuerdo. Me sentía como si fuera el único ser humano que quedaba en Nueva York. Porque me sentí solo cuando murió Laura. Yo, Waldo Lydecker, fui el único que la conoció de veras”

Con esta voz en off comienza un film considerado unánimemente como una de las proyectos maestras del género negro, una valoración que uno tiene la tentación de atribuir en parte importante al enigmático influjo del retrato de su personaje principal, indudablemente uno de los más hermosos rostros de la historia del cinematógrafo, fotografiado aquí de manera extraordinaria por la cámara de Joseph LaShelle. Y sucede que, siendo precisamente una magnífica película, el sexto extenso film de Otto Preminger muestra desde mi criterio algunos puntos débiles que lo sitúan abajo de los enormes films noir de la época (pienso en las superiores aportaciones al género de Walsh, Hawks, Lang y Tourneur, principalmente), cuando no de posteriores trabajos del mismo Preminger, como la magnífica y fatalista Cara de Ángel (1952).

A partir de la llegada del detective McPherson (Dana Andrews) a la vivienda de Waldo Lydecker (Clifton Webb) para investigar el supuesto asesinato de Laura Hunt (Gene Tierney), el film se composición en una secuencia de encuentros entre el detective y los primordiales sospechosos del crimen: nuestro Lydecker, una clase de Pigmalión perdida y trágicamente enamorado de la protagonista; Shelby Carpenter (Vincent Price), un joven vividor que se encontraba próximo de casarse con Laura; y Ann Treadwell (Judith Anderson), una tia de la víctima enamorada a su vez de Carpenter. El inconveniente, para mi gusto, es precisamente la forma en que el guion fuerza la reunión persistente de todos los individuos, en forma de un poco verosímil séquito que acompaña todo el tiempo al detective en su investigación, cuando no sencillamente se opta por llevar a cabo manifestarse a los individuos en el instante “que se les necesita” en una escena cierta (fotograma 1).

De hecho, siendo un film en el que conviven precisamente secuencias de género detectivesco (más que policíaco) con otras de tono bastante más próximo al romanticismo, es visible que los superiores logros de la película están en los instantes que relatan la irresistible atracción que ejerce el personaje de Laura sobre el detective McPherson. Una atracción que aparece desde el retrato que preside el salón de la vivienda de la joven y que se intensifica hasta el paroxismo mientras el detective va conociendo el lado más íntimo de Laura, como observamos en la secuencia (sin duda una de las superiores del film) donde McPherson deambula por la vivienda deteniendo su atención en varios de los elementos más personales de la víctima (sus cartas, su períodico, pero también algunas de sus prendas íntimas o un frasco de perfume, que el detective no puede evadir aspirar extasiado – fotograma 2). Una escena que, sin dejar de ser magnífica en sí misma, resulta un poco obligada en su inicio al manifestarse en el film sin que antes hayamos sido totalmente conscientes del desarrollo de fascinación de McPherson por el personaje de Laura. De manera significativa, Preminger usa un recurso “de guion” para argumentar por medio de el diálogo lo que hasta ese instante no hemos percibido precisamente a través de las imágenes: “Vaya con precaución McPherson, o acabará en un pabellón psiquiátrico. No pienso que se hayan encontrado aún con un tolerante enamorado de un cadáver”, le advierte Waldo Lydecker al personaje principal en una de las “espontáneas” visualizaciones del personaje en el sitio del delito.

A partir de este instante, y después del golpe de efecto que piensa el regreso de la personaje principal a la que McPherson daba por muerta (secuencia que Preminger expone magistralmente para resolverla, para mi gusto, de modo un poco decepcionante: después de un efectivo travelling de acercamiento y alejamiento sobre el detective dormido en el sillón – encuadrando al inicio y en el final a Mcpherson con el retrato de Laura al fondo – fotograma 3 – Preminger pasa por corte a un chato general de la personaje principal accediendo en la estancia; una planificación que mitiga de manera ostensible el encontronazo que la escena hubiera podido tener si la imagen podría haber sido desde el criterio del detective al despertarse), después de impensado giro de guion, en todo caso, el interés del film se enfoca ya de forma única en el desarrollo de enamoramiento del detective, bastante más entusiasmado en saber los reales sentimientos de la personaje principal que en aclarar el delito acontecido en el apartamento de la joven. Una exhibe de esto es la espléndida secuencia del interrogatorio final, después de que McPherson se lleve detenida a Laura (como una estratagema en realidad  para intentar creer al resto de sospechosos que por el momento no corren ningún peligro): Preminger filma (esta vez sí) la escena con la intensidad caracteristica de una declaración de amor (McPherson, en un instante del interrogatorio, se expone inclusive incapaz de aguantar la mirada de una Laura cuyo rostro está intensamente iluminado por el foco policial – fotograma 4) que culminará con el detective exigiendo a la acusada que le confiese si está verdaderamente enamorada de Shelby Carpenter, a eso que, tras la negativa de la personaje principal (“no sé cómo podría estarlo”) McPherson no puede evadir reaccionar con una mueca de visible satisfacción.

Sería un poco exagerado asegurar que la respuesta de Laura es todo lo que le interesaba entender al detective McPherson, pero nadie cuestiona de que la enigmática hermosura de la personaje principal consigue extasiar no únicamente al detective o al pedante Waldo Lydecker, sino también al público y, en última instancia, al mismísimo Otto Preminger.

David Vericat
© cinema fundamental (marzo 2014)