Resumen del libro Del Amor Y Otros Demonios – Gabriel Garcia Marquez (Resumen Completo Por Capítulos)

 

En este texto vamos a argumentar la obra Del amor y otros demonios del escritor Gabriel Garcia Maquez.

 

 

 

En esta ocasión vamos a llevar a cabo un comprendio terminado, el cual tiene dentro los individuos primordiales de la obra, asi como también, un análisis literario.

Ahora mismo vamos a contextualizar la obra.

 

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En Cartagena de las Indias, durante la época del virreinato, vivió una muchacha de cabello rojizo excepcional, que se pensaba estaba poseída por el demonio porque un perro rabioso la había mordido. Sierva María de los Ángeles era su nombre y fue recluida en un convento para curarla con exorcismos, pero entre la disparidad, la verdad, la posesión demoníaca y la religión, hace aparición un amor fallido por la cerrazón de la Iglesia y el Santo Trabajo, que en el final culmina en la desaparición.

Tabla de contenido

 

  • Personajes principales
  • Resumen terminado por capítulos
    • Capitulo uno
    • Capitulo dos
    • Capitulo tres
    • Capitulo cuatro
    • Capitulo cinco
  • Resumen en video
  • Análisis de la obra

Personajes principales

  • SIERVA MARÍA: Personaje escencial. Crece con las tradiciones de los esclavos yoruba sin importar ser la hija de un marqués. Se comportaba como los esclavos, solía mentir siempre, pasar inadvertida y conocía sus lenguas y tradiciones. Su personalidad es enérgica, atormentada y oscura, pero debajo de esa fachada de fuerza y demoníaca, existía una niña asustada que deseaba ser feliz y libre.
  • CAYETANO DELAURA: Personaje escencial. Sacerdote culto y con pasión por la lectura. Tiene una extraña conexión con Sierva María desde antes de conocerla y más allá de su hábito, termina por enamorarse de ella. No obstante, jamás deja de creer en la institución de la Iglesia y en los formalismos, lo cual lo llevan a su ruina y a la de su querida.
  • MARQUÉS: Personaje secundario. Padre de Sierva María. Hombre bueno de carácter débil, temeroso y apático.
  • BERNARDA: Personaje secundario. Madre de Sierva María, pero siempre la odió y le temió por su presencia fantasmal. Llevaba vida de crápula. Jamás amó al marqués y se casó con él por interés. Astuta para los negocios de esclavos pero entregada a los vicios.

Resumen terminado por capítulos

Este es un comprendio terminado por capítulos.

Capitulo uno

El día 7 de diciembre, día de San Ambrosio Obispo, un perro cenizo mordió a 4 personas que se le atravesaron en el sendero. Tres de ellas eran esclavos y la otra era Sierva María de Todos los Ángeles, hija única del marqués de Casalduero, que había ido con una sirvienta mulata al mercado para conseguir una ristra de cascabeles para la fiesta de sus 12 años. Aquel mismo día llegó un embarque de esclavos que se pensaba venía contaminado de una peste, pero resultó ser producto de un intoxicación.

Bernarda Cabrera, madre de Sierva María y mujer sin títulos del marqués de Casalduero era una mestiza brava, seductora, rapaz, parrandera y consumía mucha miel fermentada y tabletas de tabaco. Había sido muy astuta en el comercio de esclavos pero ahora mismo, por medio de sus excesos, la hacienda donde vivían, estaba en malas condiciones. Antes, la esclava Dominga de Adviento gobernó la vivienda, crió a Sierva María y era la única con autoridad para mediar entre el marqués y su mujer, pero hace no muy había fallecido y Sierva María andaba siempre con los esclavos. Para el festejo de su cumpleaños, los esclavos de la vivienda le pintaron la cara de negro, le colgaron collares de santería y le cuidaban la cabellera de color rojo que jamás le habían cortado y se enrollaba con trenzas.

Sierva María tenía el cuerpo escuálido, era tímida, de piel lívida, de ojos azul taciturno y cabello cobrizo, se parecía a su padre y su forma de ser la hacían parecer invisible.

Las esclavas le detallaron a Bernarda sobre la mordida del perro dos días después. Ella fue a corroborar a su hija y vio la marca cicatrizada en el tobillo y no se preocupó más por el asunto. Al domingo siguiente, la esclava que llevaba a Sierva María aquel día, vio al mismo perro que mordió a la niña muerto por la íra. Bernarda no se preocupó sobre esto, la herida estaba seca y tampoco se lo comentó a su marido.

A inicios de enero, Sagunta, una india andariega visitó al marqués para informarle sobre la peste de íra que había y sobre la multitud que sufrían de esta por las mordidas del perro, entre ellas, su hija. Sagunta confirmaba ser la única poseedora de las llaves de San Huberto, patrono de los cazadores y sanador de los rabiados. Como el marqués, quien no se interesaba en ningún asunto del lugar de vida desconocía de la mordida, la despidió sin prestarle atención, pero Bernarda le confirmó el hecho después.

Para el marqués era claro, siempre pensó que amaba a su hija más allá de que jamás le prestaba atención, pero el miedo al mal de íra lo obligaba a confesarse que se engañaba a sí mismo por calma. En cambio Bernarda tenía plena conciencia de no amarla nada ni de ser correspondida por Sierva María y ámbas cosas le parecían justas. Muy del odio que los dos padres sentían por la niña era por lo cual ella tenía del uno y del otro.

Preocupado por el mal de íra, el marqués fue al hospital del Amor de Dios para ver al enfermo de íra, quien se encontraba amarrado en una situación deplorable y consumido por la patología. A la salida del hospital, se cruzó con el doctor Abrenuncio, un judío doctor erudito que permanecía con su caballo muerto. El marqués lo invitó a pasar a su carroza y lo cuestionó sobre la íra y el estado del condescendiente. Abrenuncio recomendó que debían matar al enfermo como buenos cristianos para parar su padecimiento, dado que por ahora no había cura, pero aclaró que algunos podían no contraer la íra más allá de la mordida.

El marqués dejó al doctor en su casa y cuando éste regresó a su hacienda le ordenó a su criado Neptuno, agarrar el caballo del doctor para darle sepultura y le pidió que le regalara su mejor caballo del establo.

Bernarda se aplicaba lavativas de consuelo por sus males y excesos, más que nada por el incendio de sus vísceras. Nada quedaba entonces de lo que fue de recién casada y cuando concebía aventuras comerciales hasta que conoció a Judas Iscariote, un ciervo que compró porque lo deseaba y le gustaba muy. Bernarda enloqueció por él, lo bañó en oro, con cadenas, anillos y pulseras, creyó fallecer cuando se enteró de que se acostaba con todas, pero en el final se conformó con las sobras.

Una tarde, Dominga de Adviento los descubrió llevando a cabo el cariño pero Bernarda le prohibió comentar algo. El marqués, si es que sabía, se hacía el desentendido y Sierva María estaba tan olvidada, que un día, cuando Bernarda regresaba de joda, confundió a su hija con otra persona.

Cuando el marqués regreso del hospital del Amor de Dios, estaba completamente exacto a tomar las riendas de la vivienda, dado que cuando Bernarda sucumbió en sus vicios y Dominga de Adviento murió, los esclavos se infiltraron a la vivienda y había un total descontrol de las cosas. Lo primero que logró fue devolverle a la niña el dormitorio de su abuela la marquesa, de donde Bernarda la había sacado para que durmiera con los esclavos.

Después espantó a los esclavos que dormitaban y amenazó con azotes a los que volvieran a realizar sus pretenciones en los rincones o jugaran suerte y azar en los aposentos clausurados.

Sierva María se resistió cuando su padre la llevó en brazos al dormitorio y le aclaró a los esclavos que ella viviría en la vivienda y no con ellos. La niña no le respondía ni miraba a su padre. A la mañana siguiente, el marqué fue a corroborar la habitación de su hija y esta se había ido a descansar con las esclavas por su práctica.

El marqués le encargó a Caridad del Cobre, la mulata que acompañó a la niña el día en que la mordió el perro, el precaución de la niña como si fuera Dominga de Adviento. Le pidió que le diera reportes del accionar de su hija y que le impidiera traspasar la cerca de espinos que haría hacer entre el patio de los esclavos y el resto de la vivienda.

A la mañana siguiente, el marqués fue muy temprano a casa del doctor Abrenuncio para pedirle que examinara a su hija. El doctor estaba muy complacido por el caballo nuevo y lo acompañó para investigar a Sierva María. Bernarda desaprobaba la presencia del doctor judío, pero no fue un impedimento para que Abrenuncio viera a la niña. Durante el examen médico, la niña mintió en todo momento y parecía estar muy sana a excepción de un extraño olor a cebolla. Caridad del Cobre le reveló al marqués que la niña se había entregado en secreto a las ciencias de los esclavos y la encerraban desnuda en la bodega de cebollas para remover el maleficio del perro.

Abrenuncio pensó que la herida estaba lejos del cerebro y poco profunda, por consiguiente, podía estar libre de íra. El marqués había decidido apelar al hospital y cuidarla en el lugar de vida. Hasta el momento, el doctor le recomendó darle todo cuanto pudiera hacerla feliz, dado que no hay medicina que cure lo que la alegría no puede sanar.

Capitulo dos

Jamás se supo cómo había llegado el marqués a semejante estado de desidia antes de que el perro mordiera a su hija, ni porqué mantuvo su matrimonio disfuncional.

Ignacio, heredero único, no daba señales de nada ni de querer a nadie. Creció con signos de delay mental y sus primeros síntomas de vida los dio a los 20 años de edad, cuando se enviaba cartas de amor con Dulce Olivia, una de las reclusas del manicomio Divina Pastora, contiguo a la hacienda del marqués. Fue así como el marqués aprendió a leer y escribir, pero su familia no permitiría esa relación porque anhelaban que se casara con la heredera de un grande de España. Fue así como desposó a Doña Olalla de Mendoza, una mujer muy hermosa y de gigantes talentos para la música, a la que mantuvo virgen para no concederle la alegría de tener un hijo. Doña Olalla y el marqués no se entendían en la música, pero desde el día en que Ignacio se fijó en la tiorba italiana, practicaban juntos ejercicios bajo los árboles del huerto. El 9 de noviembre, la pareja estaba tocando un dúo bajo los naranjos cuando súbitamente un relámpago los cegó y Doña Olalla cayó fulminada por la centella.

El marqués ordenó funerales de reina y encontró en el huerto un mensaje de Dulce Olivia que se responsabilizaba por el rayo.

El marqués donó sus bienes materiales, sólo conservó la mansión con el patio achicado al mínimo y el Trapiche de Mahates, y a Dominga de Adviento le cedió el gobierno de la vivienda. Desde ese instante, el marqués temía que los esclavos lo asesinaran y ordenó sostener siempre las luces encendidas.

Dulce Olivia se consoló con la añoranza de lo que jamás fue y por las noches se escapaba de la Divina Pastora para entrar a la mansión, limpiar los pasillos, organizar y lavar las cosas que creía que los esclavos no hacían bien. Dominga de Adviento murió sin comprender jamás por qué los pasillos estaban más limpios al amanecer y por qué las cosas estaban en otro lugar.

Antes de cumplir un año de viudo el marqués descubrió a Dulce Olivia en la vivienda y desde ese instante reanudaron una amistad prohibida que en algún instante pareció amor. Conversaban hasta que amanezca sin ilusiones ni despecho, como un viejo matrimonio, hasta que alguno de los dos decía algo incorrecto, se enfadaban y Dulce Olivia desaparecía por un riguroso rato. Ella se ofreció para consolarlo y ser su esclava sumisa, pero él juró jamás más casarse. Además, antes de un año se casó a escondidas con Bernarda, hija de un anticuado capataz de su padre quien tras escabullirse en los aposentos del marqués y sacarle su virginidad, quedó embarazada.

Cuando Sierva María de los Ángeles nació, Dominga de Adviento juró, si sobrevivía el difícil parto, que no le cortaría el cabello hasta su noche de bodas. Bernarda despreció a su hija desde el comienzo y Dominga la educó en relación a su religión. La niña era sigilosa en sus movimientos y por ello, su madre le colocaba una campana para abarcar sus movimientos en la vivienda, pero aún así, se las ingeniaba para parecer un fantasma aterrador y Bernarda decidió enviarla a descansar con los esclavos.

El día que Bernarda conoció a Judas Iscariote, aprendió a masticar tabaco y hojas de coca. Probó el canabis de la India, la trementina de Chipre, el peyote del Real de Catorce y probó por lo menos una vez el opio del nao de China.

Judas se volvió ladrón, proxeneta, sodomita ocasional, y todo por vicio, dado que nada le hacía falta. Una mala noche se enfrentó con tres galeotes de la flota por un pleito de barajas y lo mataron. Bernarda se refugió en el Trapiche y la vivienda quedó al garete, y si no naufragó, fue por la mano de Dominga de Adviento.

El marqués escuchaba comentarios de que hablaba sola, deliraba en el Trapiche y vivía en estado de delirio. Tal era su deterioro que ni el marido la reconoció cuando volvió de Mahates, después de tres años, antes de que el perro mordiera a la niña.

En la época de marzo parecía que los males de íra habían sido conjurados. El marqués le dio a su hija el régimen de felicidad que le recomendó el doctor. Padre e hija daban largos paseos para ver anocheceres y el mar. El marqués intentó sacarle las prácticas negras enseñándole más cosas de blancos en dos meses que en toda su crónica. Había comprado cajas de música y desempolvado su instrumento italiano para realizar música con su hija.

El doctor Abrenuncio los visitaba cada semana y un día escuchó a Bernarda quejarse poderosamente por el deterioro de su hígado. El doctor afirmó que para septiembre moriría y el marqués lamentó que tendría que aguardar tanto tiempo.

Un día Caridad del Cobre despertó al marqués de su siesta para informarle que la niña tenía fiebre. Abrenuncio fue a examinarla y sugirió aguardar para ver cómo se desarrollaba la fiebre. El marqués no quiso delegar su seguridad a Dios sino a todo el que que le diera esperanzas, así que sometió a la niña a múltiples tratamientos de numerosos doctores. Al cabo de dos semanas, Sierva María había permitido dos baños de hierbas y dos lavativas emolientes por día, la habían llevado al límite de la agonía con pócimas de estibio natural y otros filtros mortales. Había pasado por todo, vértigos, convulsiones, espasmos, delirios, solturas de vientre y de vejiga y se revolcaba por los pisos aullando de mal y de furia. De hecho los curanderos más audaces la abandonaron a su suerte hasta que reapareció Sagunta con sus métodos poco comunes. Sagunta se desnudó de sus sábanas y se embadurnó de unturas de indios para restregar su cuerpo con el de la niña desnuda. Ésta se resistió sin importar su debilidad, pero Sagunta la sometió. Bernarda escuchó los alaridos dementes y al ver lo que pasaba, azotó a ámbas con los hicos de la hamaca.

El obispo de la diócesis, Don Tonibio de Cáceres y Virtudes, preocupado y alarmado por la situación de Sierva María, logró llamar al marqués porque pensaba que su hija podía estar poseída por demonios y era escencial encomendarla a Dios, dado que su cuerpo podía no tener cura, pero su alma sí.

El marqués dejó de contribuir a la iglesia y de ser leal desde que su primera mujer falleció, pero las expresiones del obispo lo hicieron suponer sobre la futura condición de su hija.

El obispo y el padre Cayetano Delaura aseguraban que Abrenuncio era un hereje que despotricó a la niña y le recomendaron al marqués llevar a su hija al Convento de Santa Clara para exorcizarla.

Cuando el marqués regresó de su cita con el obispo, escuchó a su hija tocar las cuerdas de la tiorba y cantar la canción que él le había enseñado, pero cuando entró en su recámara la niña volvió a enfermar. El marqués pasó la noche en vela con la cama de su hija y a la mañana siguiente, estaba exacto para llevarla al convento. Vistió a la niña con un vestido que pertenecía a Bernarda en su juventud y la hacía exhibir como una reina, preparó una maleta y llevó a la niña al convento de Santa Clara.

Las monjas se la llevaron sin darles tiempo de que se despidieran y el último recuerdo que tuvo de ella fue cuando atravesaba la galería del jardín arrastrando el pie lastimado.

Capitulo tres

El convento de Santa Clara era un edificio cuadrado en oposición al mar de tres pisos con numerosas ventanas. Tenía 80 monjas, todas con sus servicios y 36 criollas de las considerables familias del virreinato.

En el desenlace de todo el Convento, lo más lejos posible y dejado, había un pabellón solitario que durante 68 años sirvió de cárcel a la inquisición. Fue en la última celda de ese rincón donde encerraron a Sierva María a los 93 días de ser mordida por el perro y sin ningún síntoma de íra.

Las novicias que custodiaban a Sierva María a su llegada, se interesaron por sus anillos y collares de santería, pero cuando intentaron quitárselos, la niña se retorció y mordió la mano de una de ellas. Poco después pasaron dos esclavas negras que reconocieron los collares y le hablaron en lengua yoruba. Sierva María les contestó, les dijo su nombre de esclava, María Mandinga y salió con ellas a la cocina en donde ayudó a matar un chivo y jugó con los niños y superiores esclavos.

La abadesa, Josefa Miranda, resentida con el clero del obispo por múltiples injusticias cometidas en el pasado contra su diócesis, estaba molesta por la presencia de la niña endemoniada que nadie había visto aún, dado que Sierva María había pasado inadvertida en su primer día en el convento, como si fuera invisible.

A la mañana siguiente Sierva María se descubrió por su canto con las esclavas y por la fuerza, fue llevada a su celda.

Desde ese instante no ocurrió nada que no fuera atribuido al maleficio de Sierva María. Varias noches declararon para las actas que la niña volaba con unas alas con transparencia que omitían un zumbido fantástico. Un día, las monjas intentaron sacarle los collares de santería, pero Sierva María se defendió con fuerza, saltó por la ventana y alborotó las colmenas de abejas y los animales del establo. Tardaron dos días en volver a agrupar los animales.

Jamás como entonces era tan agitada y libre la vida del convento. Había monjas por los corredores que jugaban baraja española, dados cargados y tomaban licores en las celdas menos pensadas. Una niña endemoniada dentro del convento tenía la fascinación de una aventura novedosa.

Algunas monjas, en grupos de dos o tres, escapaban a lo largo de la noche para comentar con Sierva María, y en una ocasión la despojaron de sus collares, pero al cabo de un día, una de ellas se cayó por las escaleras y se fracturó el cráneo. Ninguna monja se sentía segura si no le regresaban sus collares, así que se los devolvieron.

Para el marqués fueron días de luto, se había arrepentido de haber internado a su hija. En su irritación, fue a comprender a Abrenuncio para comentarle lo que había hecho y éste le recomendó que la sacara del convento cuanto antes, dado que los exorcismos eran iguales o peores a las santerías de los esclavos y la niña se encontraba ahora mismo prisionera.

El marqués le escribió una carta al obispo pidiendo una audiencia para tratar la situacion.

El obispo fue notificado de que Sierva María estaba lista para empezar los exorcismos. El padre Cayetano Delaura estaba muy intrigado con la situacion, dado que había soñado que Sierva María estaba sentada frente a un campo nevado comiendo uvas, y la última uva representaba la desaparición. Lo más extraño para Delaura es que el campo nevado era Salamanca el momento que nevó durante tres días consecutivos y los corderos fallecieron sofocados por la nieve. El obispo le ofreció encargarse del caso, pero Delaura no deseaba aceptar porque esperaba el puesto de bibliotecario en el Vaticano. Toda su crónica había esperado ser bibliotecario; Delaura leía muy y se encargaba de leerle al Obispo y de su biblioteca.

Su destino original había sido viajar a Yucatán, pero el barco no consiguió llegar y tras un año de estar en Cartagena de Indias y con la llegada del Obispo de Cáceres, permaneció allí, como su protegido.

El obispo insistió en que Delaura tomara la situacion, dado que el éxito en éste podría representar una certera entrada al dado que anhelaba para el Vaticano.

Así fue como Cayetano Alcino del Espíritu Santo Delaura y Escudero, a los 36 años cumplidos, entró en la vida de Sierva María y fue parte destacable de la crónica de la ciudad.

Al día siguiente, Cayetano Delaura fue al convento de Santa Clara con todas las armas para batallar al demonio (agua bendita y óleos sacramentales). La abadesa le decía que la presencia de la niña había provocado que las flores crecieran diferentes y se manifestaban permanentes eventos sobrenaturales. Delaura respondió que era muy particular atribuirle al demonio las cosas inexplicables.

 

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Antes de llegar a la celda de Sierva María, pasaron por la celda de Martina Laborde, una vieja monja sentenciada a cadena perpetua por haber matado a dos compañeras suyas con un cuchillo. Llevaba encerrada 11 años y era más habitual por sus intentos frustrados por huír que por su delito.

Al entrar a la celda de Sierva María, Delaura percibió un olor a pudredumbre por medio de las heces regadas de la niña. Ella yacía boca arriba sobre la cama sin colchón, atada de pies a cabeza con correas de cuero. Delaura pensó que si la niña no estaba poseída, el ámbito era propicio para estarlo. Cayetano examinó a la niña y se impresionó al ver la herida en el tobillo, supurada por la chapucería de los curanderos. Mientras la revisaba le decía que su presencia allí no era para martirizarla sino por la sospecha de que tuviera un demonio adentro. Sierva María ni lo miraba ni se quejaba ni se interesó por sus prédicas.

Cayetano volvió a comprender a Sierva María el lunes siguiente, pero ella lo recibió con un mal ceño y su celda apestaba aún más. Cuando Delaura se atrevió a desatarla, Sierva María se le fue encima como una fiera y le mordió la mano. Cayetano logró colocarle un rosario en el cuello para intentar defenderse del ataque.

Además, Martina Laborde no halló la menor resistencia en Sierva María. Fue como si el alma de Dominga de Adviento hubiera entrado a la celda de la niña cuando Martina le sonrió. ámbas entablaron una amistad y prometieron ver juntas el eclipse total de sol que habría el próximo lunes.

El domingo, después de misa, Delaura le llevó a Sierva María una canastilla de dulces. Ella descubrió que Cayetano llevaba la mano vendada y él le mencionó que una perrita rabiosa con una cola de color rojo de más de un metro lo había mordido. Sierva María tocó su herida, rió por primera ocasión y afirmó ser más mala que la peste. Antes de marcharse del convento Delaura realizó una protesta formal por la mala comida de las reclusas y las condiciones en que tenían a Sierva María.

Esa misma noche, Cayetano creyó haber visto a Sierva María en la biblioteca del obispo, vestida en su bata de reclusa y con su cabellera de fuego, poniendo un armo de gardenias recién nacidas en el florero del mesón. Recitó una cita de Gracilazo, “por vos nací, por vos tengo la vida y por vos muero”. Cerró los ojos para asegurarse de que no era un engaño de las sombras y cuando los volvió a abrir la visión había desaparecido pero la biblioteca estaba saturada por el olor a gardenias.

Capitulo cuatro

El padre Cayetano y el obispo admiraron juntos el eclipse, pero Delaura se lastimó un ojo por mirarlo de forma directa. Cayetano le dijo al obispo que no creía que Sierva María estuviera poseída y atribuía las acusaciones en las actas de las monjas a su incomprensión y cerrazón. El obispo pidió que continuara sin importar las inquietudes sobre su posesión demoníaca.

Al día siguiente Sierva María le dijo a Cayetano que sabía que moriría próximamente porque Martina Laborde se lo había asegurado. Delaura la reconfortó de su llanto con paliativos confesionarios, y fue entonces cuando Sierva María comprendió que Delaura era su exorcista y no su médico. Cayetano le confesó que le ayudaba porque la quería muy.

De salida, el padre le llamó la atención a Martina por asustar a Sierva María, pero ella jamás mencionó que moriría y comprendieron que Sierva María mentía sobre esto, como siempre lo había hecho. No obstante Delaura comprendió que estaba asustada y había creado un ámbito mortuorio a su alrededor.

El obispo le entregó a Cayetano una carta de parte de la abadesa en donde se quejaba de la tutela de Sierva María y de la prepotencia con la que se comportaba Cayetano. Delaura se molestó y afirmó que si alguien estaba poseído era la abadesa. El obispo lo reprendió por algún exceso que hubiese cometido a la vez que manifestaba su comprensión, pero se dejó ir por la melancolia que siempre lo acechaba desde que inició su vejez y olvidó el tema.

A finales de mes arribó a Cartagena de las Indias el nuevo virrey, don Rodrigo de Buen Lozano, y su séquito. La virreina tenía algún vínculo con la abadesa y había solicitado alojarse en el convento. Era joven, activa y un poco díscola en el convento. No hubo rincón que no registrara ni nada bueno que no quisiera llevar a cabo mejor. La abadesa trató de evadir que se acercara a la celda de Sierva María, pero ello sólo aumentó más su curiosidad. Tan rápido la vio, Martina Laborde se arrojó a sus pies para que le concediera el perdón. La virreina se sintió hechizada cuando vio a Sierva María cosiendo en un rincón y se realizó el propósito de redimirla.

Durante una comida con el gobernador y el virrey, la virreina presentó a Sierva María, quien parecía una reina con el vestido de Bernarda. El virrey no podía creer que estuviera poseída y la encomendó a sus doctores, quienes coincidieron con Abrenuncio en que no tenía ningún síntoma de íra y era muy viable que por ahora no la contrajera, además, nadie se sintió autorizado para dudar de su posesión demoníaca.

El virrey visitó al obispo para comentarle sus proyectos para gobernar y principalmente, comentar sobre Sierva María. El obispo aclaró que la niña se encontraba en buenas manos. El virrey negó el indulto de Martina porque le parecía un mal antecedente frente los demás reos.

Al día siguiente, el obispo decidió que Sierva María permanecería en el convento pero en superiores condiciones y no bajo el régimen carcelario. De igual modo le delegó a Delaura independencia de continuar y le pidió que visitara al marqués.

Cayetano se apresuró felizmente al Convento y un pintor hacía el retrato de Sierva María vestida como reina, con el cabello hasta los pies, emanando una luz extraordinaria, parada en una nube y en la mitad de una corte de demonios sumisos. Delaura cayó en éxtasis con aquella visión de una niña que se había convertido en mujer.

Sierva María le narró un sueño que tuvo, el cual era el mismo sueño que Cayetano había tenido antes de conocerla. Antes de terminar el relato, Sierva María confesó estar asustada pero Delaura le prometió que próximamente sería libre y feliz por la alegría del Espíritu Santo.

Además, Bernarda no estaba enterada de la sepa de su hija hasta que un día confundió a Dulce Olivia con Sierva María en una de sus alucinaciones. El marqués le comentó la situación y Bernarda, sin importar haberla detestado siempre, se consoló al comprender que su hija seguía viva. Al día siguiente, Bernarda se marchó de la vivienda con sus cosas y su dinero; el marqués comprendió entonces que era para toda la existencia.

Delaura visitó al marqués, quien yacía solo en la hamaca, para informarle que él estaba solicitado de la salud de su hija. El marqués le enseñó la recámara de Sierva María, la maletita que le había listo el día que la dejó en el convento y le pidió que se la llevara a su hija. De igual modo, le pidió que visitara a Abrenuncio para comentar sobre la salud de Sierva María.

Más allá de que Delaura sabía que Abrenuncio era buscado por el Santo Trabajo fue a visitarlo. Abrenuncio lo atendió con muy gusto y le enseñó su extendida biblioteca. Cayetano estaba asombrado por los numerosos libros y principalmente porque encontró Los 4 libros de Amadís de Gaula, el libro contraindicado que le confiscó el rector del seminario a los 12 años de edad. Los dos hablaron sobre Sierva María. Abrenuncio afirmó que ella no estaba poseída por el diablo y le logró ver a Delaura que él estaba allí porque deseaba comentar sobre ella. Cayetano se sintió en prueba y se apresuró para marcharse. El doctor le regaló una medicina para sanar su ojo lastimado por el eclipse.

De allí, Delaura fue al convento para ver a Sierva María, le entregó la maletita que enviaba su padre y ella la recibió con colosal desprecio, dado que lo odiaba y prefería estar primero muerta antes de volverlo a comprender. Entonces Sierva María se transformó en energúmeno, comenzó a escupirlo y escupió una baba verde. Delaura toleraba sus escupitajos, ponía la otra mejilla y rezaba con devoción, pero sólo Martina consiguió someter a la niña con sus formas celestiales. Cayetano huyó y se encerró en la biblioteca a rezar, sacó las pertenencias de Sierva María de la maletita, las olió con deseo, las amó y habló con ellas obscenamente hasta que no pudo más. Entonces se desnudó el torso y comenzó a flagelarse con un odio insaciable. El obispo, que había quedado pendiente de él, lo encontró revolcándose en un lodazal de sangre y de lágrimas. Delaura sólo mencionó que era el demonio mismo, el más terrible de todos.

Capitulo cinco

Cayetano confesó su deseo y todo cuanto había ocurrido. El obispo lo despojó de sus encomiendas y privilegios y lo mandó a ser útil de enfermero de leprosos en el hospital del Amor de Dios. Altos dignatarios de la diócesis intercedieron por Cayetano, pero el obispo no cedió manteniendo ocultas las causas de su decisión.

Martina se había hecho cargo de Sierva María con colosal devoción y le pidió que le permitiera comentar con sus demonios para huír del convento en vez de su alma. Sierva María enumeró a seis demonios y Martina identificó a uno de ellos como un demonio africano que en algún instante había hostigado la vivienda de sus padres.

Por su lado, Cayetano se había sometido con humildad a las condiciones infames del hospital.

El primer martes de penitencia, Abrenuncio se encontró con Cayetano y trató de convencerlo para que fuera a visitarlo a su casa para conversar. De igual modo, le regaló un libro de las Cartas Filosóficas en latín. Cayetano, asombrado por la amabilidad del doctor, prometió visitarlo a escondidas algún día.

Una noche, por una extraña inspiración, Delaura escapó del hospital para comprender a Sierva María. Le costó trabajo entrar pero un leproso del hospital le había acertado el sendero exacto a través de un túnel que no estaba sellado.

Al inicio, Sierva María se resistió, pero en el final conversaron contentos por dos horas. Delaura volvió a visitarla las siguientes noches y entre versos y poemas se fueron enamorando y besando, pero manteniéndose siempre vírgenes porque él deseaba sostener su castidad hasta el día en que fueran libres para casarse. Cayetano confirmaba ser con la aptitud de algún cosa por ella y Sierva María lo probaba en todo momento con crueldad infantil.

Sierva María mantenía su cuarto arreglado como una mujer que espera a su marido y Cayetano se quedaba con ella hasta que amanezca. Una mañana temprano, mientras la pareja dormía, la guardiana entró con el desayuno de Sierva María, pero salió sin haber visto a Delaura, quien se había vuelto igual de invisible como su querida.

Sierva María le regaló el precioso collar de Oddúa y Cayetano le enseñó a leer, escribir y el culto de la devoción del Espíritu Santo, aguardando del día en que fueran libres y en matrimonio.

Sierva María le pidió a Cayetano que escaparan juntos, pero él se negó para aguardar oportunamente el día de su debido exorcismo y liberación.

Al amanecer del 27 de abril comenzaron los exorcismos de Sierva María sin previo aviso. La llevaron a rastras al abrevadero, la lavaron a baldazos, la despojaron a tirones de sus collares, le pusieron el camisón sin corazón de los herejes y le cortaron la cabellera hasta la altura de la nuca. Por último le pusieron una camisa de fuerza y la taparon con un trapo fúnebre para llevarla a la capilla. El obispo había convocado a prebendados esclarecidos del Cabildo Eclesiástico para que lo asistieran en el avance. Sierva María, fuera de sí por el terror gritó frente las expresiones y oraciones del obispo. El obispo sufrió un ataque de asma, como era común en su salud, y la ceremonia terminó con un estrépito colosal.

Cayetano encontró aquella noche a Sierva María tiritando de fiebre dentro de una camisa de fuerza y lo que más lo indignó fue que le dejaron el cráneo pelado. Sierva María le contó la terrible experiencia en la capilla y deseaba morirse. Delaura intentó consolarla y le colocó el collar que le había regalado a falta de los demás.

Al día siguiente, un sacerdote viejo de talla imponente habitual como el padre Tomás de Aquino de Narváez, anticuado fiscal del Santo Trabajo en Sevilla y párroco del vecindario de los esclavos, escogido por el obispo para sustituirlo en los exorcismos, le regresó a Sierva María sus collares y le habló en lengua yoruba. Ella sintió seguridad hacia él y nadie parecía mejor hecho para entenderse con Sierva María y confrontar con más razón a sus demonios.

Sierva María lo reconoció al instante como un arcángel de salvación y no se equivocó. Tras explicarle sobre los demonios y corregir a la abadesa sobre las actas, el padre prometió que pondría la más grande diligencia para que fuera asunto de días, y ojalá de horas.

Al día siguiente, en la iglesia del padre Aquino, no se podía oficiar la misa porque el padre había desaparecido. A las ocho, la niña del servicio fue a sacar el agua del aljibe y allí estaba el padre Aquino, flotando bocarriba con las calzas que se dejaba puestas para descansar. Fue una muerte triste y sentida y un misterio que jamás se esclareció, y que la abadesa proclamó como la prueba terminante de la maldición del demonio contra su convento.

La noticia llegó hasta la celda de Sierva María que se quedó esperando al padre con una ilusión inocente. No supo explicarle a Cayetano quién era, pero le transmitió su gratitud y la seguridad que sentía por él. Hasta el día de hoy les había parecido que el cariño les alcanzaba para ser contentos pero fue Sierva María quien se percató de que la independencia sólo dependía de ellos. Una madrugada, después de largas horas de besos, le suplicó a Delaura que no se fuera, pero él lo tomó a la rápida y se despidió; entonces ella saltó de la cama decidida a marcharse con él para resguardarse con él en San Basilio de Palenque, un pueblo de esclavos fugitivos a 12 leguas, donde sería recibida, sin duda, como una reina. A Cayetano le pareció un criterio providencial pero confiaba más bien en formalismos legales. Tal es así que cuando Sierva María lo puso en la bifurcación de quedarse o llevársela, Delaura trató de zafarse de ella y escapó.

La reacción de Sierva María fue feroz, se encerró con tranca y amenazó con prenderle fuego a la celda e incinerarse en ella si no la dejaban irse. Le prendió fuego al colchón pero Martina intervino con sus métodos sedantes e impidió la catástrofe.

La ansiedad de Sierva María apresuró la de Cayetano por encontrar un recurso inmediato distinto a la fuga así que intentó ver en dos oportunidades al marqués, pero sin éxito.

Entre tanto, el marqués, en su soledad, había llamado otra vez a Dulce Olivia, quien apareció después de un tiempo y lo culpó de la pérdida de Sierva María, dando por seguramente el hijo del obispo, refiriéndose a Cayetano, tenía emputecida y empreñada a su hija, según las ediciones de Sagunta. Era el desenlace de siempre, el marqués sintió que le hacía falta aire y los dos volvieron a pelear. La versión de Dulce Olivia, confirmada y pervertida por Sagunta era que de hecho, Sierva María estaba raptada en el convento para saciar los apetitos satánicos de Cayetano Delaura y que había concebido un hijo de dos cabezas.

El marqués no se repuso jamás y derrotado por la añoranza buscó a Bernarda al Trapiche. Los dos se manifestaron el odio que creían haber sentido el uno por el otro y Bernarda le confesó que su padre la envió para engañarlo y violarlo con el objetivo de quedar embarazada, y después asesinarlo.

Permanecieron en silencio observando el atardecer y el marqués supo que no tenía nada qué agradecerle; se levantó sin prisas y salió por donde había venido sin despedirse.

Lo único que se encontró de él, dos veranos más tarde, en una vereda sin rumbo, fueron sus restos carcomidos por los gallinazos.

Un día Martina Laborde había escapado del convento. La única novedad que se tuvo de ella fue un papel escrito para Sierva María que decía que rezaría tres oportunidades al día para que fueran contentos.

La abadesa aseguraban que eran cómplices y Sierva María afirmó que eran seis y había escapado por la terraza con sus alas de murciélagos.

Las monjas registraron el convento y descubrieron la entrada de albañil por la cual Cayetano entraba y la sellaron instantaneamente por sus dos extremos. Sierva María fue mudada a la fuerza a una celda con candado en el pabellón de las enterradas vivas.

Esa noche, Cayetano se rompió los puños tratando de derribar la tapia del túnel. Arrebatado por una fuerza demente corrió en busca del marqués, pero se encontró con Dulce Olivia enfurecida que se negó a llevarlo con él y amenazó con tirarle los perros sino se marchaba.

El martes, cuando Abrenuncio fue al hospital, le contó su frustración, las causas reales de su casstigo y hasta las noches de amor en la celda. Abrenuncio se quedó desconcertado y trató de disuadirlo, pero Cayetano no lo oyó y corrió al convento en pleno día, por la puerta de servicio, convencido de ser invisible por el poder de la oración. Subió al segundo piso, pasó frente a la novedosa celda de Sierva María sin saberlo, y trató de llegar a la celda de su querida, pero las monjas lo descubrieron y Cayetano fue puesto a disposición del Santo Trabajo, y culpado en un juicio de plaza pública por sospecha de herejía, ocasionando disturbios populares y controversias en el seno de la Iglesia. Cumplió la condena como enfermero en el hospital del Amor de Dios, donde vivió numerosos años en connivencia con sus enfermos, comiendo y durmiendo con ellos por los pisos, pero no consiguió su colosal anhelo confesado de contraer la lepra.

Sierva María lo había esperado en vano. A los tres días dejó de comer en una explosión de rebeldía que agravó los indicios de posesión. El obispo resumió los exorcismos con una energía inconcebible en su estado y a su edad. Sierva María lo enfrentó con una ferocidad satánica, hablando en lenguas o con aullidos de pájaros infernales. El segundo día la tierra tembló y por ahora no cabía duda de que Sierva María estuviera a merced de todos los demonios. De regreso a la celda le aplicaron una lavativa de agua bendita para despedir a los demonios de sus entrañas.

El acoso prosiguió por tres días más. Aunque llevaba una semana sin comer, Sierva María lograba defenderse con fuerza y golpes.

Sierva María no entendió jamás qué fue de Cayetano Delaura , porqué no volvió y el 29 de mayo, sin alientos para más, volvió a soñar con la ventana de campo nevado, donde Cayetano no estaba ni volvería a estar jamás. Tenía en el regazo un racimo de uvas doradas que volvían a retoñar tan rápido como se las comía, pero en esta ocasión las arrancaba de dos en dos para ganarle al racimo hasta la última uva. La guardiana que entró para hacerla para la sexta sesión de exorcismos la encontró muerta de amor en la cama con los ojos radiantes y la piel de recién nacida. El cabello le brotaba y se le veía crecer.

Resumen en video

En este vídeo, explico de forma descriptiva con fachada de resumen ¿de que trata el libro?

Análisis de la obra

Hay una estrecha relación entre el tema literario y la realidad objetiva porque hoy en dia observamos aún las creencias é ideas sobre posesiones de demonios o también populares como exorcismos en la cual se cree que la persona está poseída recurriendo así los exorcismos. El constructor refleja aquella problemática que existía y que hay en la época de hoy, resaltando la supremacía de la autoridad religiosa frente estos hechos y la creencia inmoral del amor entre un cura y su condescendiente, que como se ve hoy en día todavía es un acto considerado como fornicación, separándolo del cargo.

 

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