Resumen del libro La gallera

 

Cuando un león brinda caza a una gacela, un halcón estrangula a una paloma o un tiburón engulle a una foca hay una colosal carga de agresividad, pero ninguna manifestación de crueldad. Los tres depredadores actúan según unos códigos de conducta preprogramados filogenéticamente. En el hombre también existe esta programación combativa, aunque modulada culturalmente. Y como producto único de esta cultura humana hace aparición la crueldad, resultado indiscutible de la interacción entre la agresividad natural, la civilización y alguno de los productos de ésta. Las armas, por ejemplo cosas.
El uso de las armas afectaría a la agresividad, transformándola en crueldad. Para omitir que la agresividad intraespecífica, o sea, contra los pertenecientes de la misma clase, destruya a ésta, la sabia naturaleza prevé mecanismos de inhibición de la misma agresividad -la sumisión de la víctima, sus movimientos, su postura- que desactivan el ímpetu del agresor. La empatía y la compasión hacia la víctima frenarían también la producción del daño. ¿Pero qué pasa cuando se instrumentaliza la crueldad, cuando se la transforma en una forma de hallar beneficio materiales o exitación? Debido a que que puede transformarse en un trabajo o en un vicio.
En algún situación, la crueldad nos seduce. Nos asusta, pero nos excita. Nos asquea, pero nos atrae. La rechazamos, pero la practicamos. La condenamos, pero consumimos todo tipo de producciones culturales en las que actúa y exalta -cine, literatura, videojuegos-. ¿De dónde nos viene esa oscura fascinación por la crueldad? Quizá porque activa extrañas conexiones entre el exitación y el mal, entre el control y el poder, o porque simplemente envidiamos lo terriblemente vivo que se siente el violento, la experiencia sin corazón y mística de ocasionar daño, la vivencia límite de pisar el lado oscuro de la naturaleza humana.
El mundo de la delincuencia es uno de los gigantes reductos de la crueldad. Pero el criminal no es cualitativamente diferente del hombre “normal”. El hombre criminal no es quien ejerce el mal, sino un ciudadano más que elige no cumplir la ley, saltarse el “deber ser” kantiano. La conducta delictiva sería un accionar recurrente, localizable en algún escalafón habitual, la otra cara ineludible de la convivencia. Su erradicación sería irrealizable, a menos que se impusiera el terror absoluto. Dentro de algunos límites “el delito brinda claridad a la norma, garantiza la seguridad habitual y refuerza la conciencia popular sobre la vigencia de los valores”.
Una colosal metáfora preside la última novela de Ramón Palomar: el planeta como una pelea de gallos. El planeta como mecanismo que activa la agresividad potencial y la transforma en crueldad. El planeta como un albero en el que sólo sigue con vida el más hábil en herir, dañar o matar. El planeta como la arena donde se baten una secuencia de individuos fuera de la ley y que mantienen relaciones muy particulares con la crueldad. Seis poderosos asaltos que enfrentarán a Santiago Esquemas -un poli corrupto con “placa, pistola, cojones, mala leche y ambición” obsesionado por la venganza-, a Gustavo Montesinos, nick Gus -un gélido sicario que, a través de la crueldad, “cauteriza su niñez de mierda y las lesiones que la colosal ciudad le infligió”-, a Rodrigo Anclas, nick el Rubio -narcotraficante valenciano que hereda los “contactos” de su mentor y al que todo le va bien mientras consigue sostener “la cabeza bien despejada, la boca bien clausurada y el ojete bien prieto”- y a Ventura Borrás -caballero legionario en activo que, desde la frontera moral y geográfica (tiene su despacho legal en un cuartel de Ceuta) gestiona con orden castrense sus múltiples negocios ilegales-.
Las novelas de Ramón Palomar son un observatorio de la vida criminal, no hay en ellas pelea entre el bien y el mal. Todos sus individuos son “malos”, en el sentido de que todos incumplen el código penal. Todos son pésimos, sí, pero parafraseando a Orwell, unos son más pésimos que otros. Ramón tiene la virtud de llevar a cabo pésimos intensamente humanos y atacables. Malos-malos invisibles pero omnipotentes a los que tememos y no observamos a los ojos, pero a los que podríamos abarcar. Malos-buenos seductores, gallardos y con principios a los que admiramos y a los que podríamos perdonar. Buenos-malos adorables, capaces de amar tiernamente a sus mujeres o respetar hasta la idolatría a sus amigos, a los que adoptaríamos. Pero lo que no sabe Ramón es llevar a cabo buenos-buenísimos. Eso lo deja para los escritores bienpensantes, buenistas o pablocoelhianos, expertos en el arte de manosear y tonificar las seseras angustiadas, las meninges sufrientes de los malfollados, cuernisufrientes y mingafrías que forman “la plácida manada de anhelos sincronizados y existencias planas” que llamamos sociedad.

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