Resumen del libro Claraboya. José Saramago

 

Amanece en Lisboa. En una mañana de mediados del siglo XX, la mirada del novelista se asoma a la ventana de un vecindario. Se comunica un día no muy distinta de los demás: el zapatero Silvestre, que abre su taller; Adriana, que parte hacia el trabajo mientras en su casa tres mujeres inician otra día de costura; Justina, que tiene frente sí un extenso día jalonado por las discusiones con su despiadado marido; la mantenida Lidia; y la española Carmen, sumida en nostalgias.
Discretamente, la mirada del novelista va descendiendo y, súbitamente, ya no es fácil testigo para ver con los ojos de todos los individuos. Capítulo a capítulo, salta de casa en el hogar, de personaje en personaje, abriéndonos un mundo gobernado por la necesidad, las considerables fracasos, las pequeñas ilusiones, la melancolia de tiempos que no fueron superiores. Todo cubierto por el silencio molesto de la dictadura, la música de Beethoven y una pregunta de Pessoa: “¿Deberemos ser todos en matrimonio, fútiles, tributables?”
Son numerosas las reflexiones que debemos ver en Claraboya. Una de ellas es sobre el criterio de “poseeer”: sentía de manera clara que en esa casa era un extraño, que nada de lo que lo rodeaba, aunque podría haber sido comprado con su dinero, le pertenecía. Tener no es poseer. Puede tenerse aquello que no se quiere. Posesión es tener y gozar lo que se tiene. Tenía una vivienda, una mujer y un hijo, pero nada era, acertadamente, de el. Que se pudiera decir de el, unicamente se tenía a sí mismo, y no completamente”.
Habla de poseer en el sentido de ser con la capacidad de gozar aquello que se tiene es un criterio más que atrayente. Vivimos metidos en el planeta medio vacío, fijando nuestra atención en aquello de lo que carecemos, en aquello que no se pliega a nuestro criterio de la verdad. Es más que cierto que poseemos, pero habitamos persistente insatisfacción pensando en nuestras carencias. Puede que sea algo netamente humano. Fue Lope de Vega quien nos recordó: “Alentó mi promesa el mar, perdonola el viento, matóla el puerto”. ¡Qué escasas ocasiones somos capaces de recrearnos en la contemplación de los logros, en gozar los bienes que la vida nos da sin soliciar nada a cambio, de los bienes que nos llegaron como fruto de nuestras conquistas!
Saramago (Premio Nobel de Literatura 1998) terminó de escribir Claraboya a los treinta y un años y entregó el manuscrito a una editorial de la que solo consiguió respuesta 40 años más tarde, cuando era un escritor consagrado. La escritura minuciosa y tolerante retrata con maestría una época marcada por la desesperanza. Claraboya anticipa de un método deslumbrante los elementos del universo Saramago, así́ como las virtudes que serán el germen de tantas proyectos maestras. En el texto se escucha la voz de José Saramago, se reconocen sus individuos, se identifican la lucidez y la compasión que según la Academia Sueca distinguen su obra.
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