Resumen de la película Nuestro hombre en La Habana

Tercera y última colaboración de Carol Reed con Graham Greene (tras El ídolo caído y El tercer hombre), constructor también del guion de la película desde la novela homónima del escritor, Nuestro hombre en la Habana es un irónico retrato de todo el planeta del espionaje (a partir de la experiencia del propio Green en el servicio de sabiduría británico durante la Segunda Guerra Mundial) que pone al descubierto el entramado de intereses y falsas apariencias que trabaja en numerosos casos la actuación de sus dirigentes, auténticos burócratas interesados únicamente en asegurar su privilegiada posición, representados aquí por el agente Hawthorne (Noël Coward), responsable del espionaje en la jugosa región del Caribe, y su superior, al que únicamente conocemos como ‘C’ (Ralph Richardson), un prominente cargo del departamento que no siente ningún rubor en confesarse incapaz de distinguir entre “las Indias orientales y las occidentales” en una de las reuniones con su subordinado (fotograma 1).

La necesidad de contemplar la nómina de agentes en su región de predominación llevará a Hawthorne a reclutar a Jim Wormold (Alec Guinness), un vendedor de aspiradoras afincado en La Habana previa a la revolución castrista, como improvisado espía al servicio del gobierno británico, cargo que el incauto comerciante acabará aceptando para poder subvencionar los dispendios de su caprichosa hija Milly (Jo Morrow), una muchacha con pasión de la buena vida a la que observamos dejándose cortejar sin ningún reparo (“Lo sé, tortura a los presos. Pero a mí ni me toca”) por uno de los gerifaltes del ejército de Batista, el Capitán Segura (Ernie Kovacs).

Ya en el comienzo, la actitud solemne del agente Hawthorne caminando por las calles de La Habana hasta su acercamiento con Wormold contrasta con la alarmante frivolidad con la que se ve haber elegido al personaje primordial como candidato a constituir parte de su grupo de espionaje: (“Inglés, patriota. Se reclutó en el 39”), le espeta el agente a Wormold como único argumento para fundamentar su decisión. Y frente la aparente ligereza de su reclutamiento, el bueno de Wormold hará caso muy próximamente del consejo de su compañero de fatigas, el doctor Hasselbacher (Burl Ives) y empezará a inventar su grupo de ayudantes (primera de las misiones encomendadas por Hawthorne) para, a continuación, y urgido por la demanda de resultados desde Londres, fabular la construcción “en las cumbres nevadas de Cuba” (!) de una fuerte arma de destrucción masiva a cargo del gobierno cubano que el comerciante ilustrará como prueba para sus superiores inspirándose en uno de los modelos de aspiradora de última generación que lucen en el escaparate de su tienda (fotograma 2 – una situación que, llevada al extremista de la sátira, nos suena sin embargo tristemente familiar y que sirvió no hace tanto para justificar una guerra quien sabe si basándose en los falsos reportes de un Wormold de nuestros días).

“Ese dinero se lo brindamos personas como usted y yo. Si se lo inventa, no hará daño a nadie. Y ellos no meritan la verdad”, argumenta Hasselbacher para tranquilizar la conciencia del personaje primordial (fotograma 3). Una sutil forma de justificar la corrupción de los aparatos del poder, famosa desde sus máximos causantes hasta el más insignificante de sus peones, de manera que el agente Wormold empieza a enviar los falsos reportes sobre sus nuevos reclutamientos (para los que solicita en cada caso sus propios emolumentos que ingresará en su propia cuenta) así como descriptiva información sobre la evolución de la diabólica instalación militar, momento desde el cual Reed recurre a sus ya características tomas anguladas (reforzadas aquí por el formato panorámico de la película) para ilustrar el movedizo e inseguro lote en el que se adentra el personaje primordial (fotograma 4).

La expectativa de los causantes del servicio de sabiduría de Londres de tener entre manos “algo grande” (a pesar de las supones de Hawthorne al escuchar alarmado que, según ‘C’, al Primer Ministro “algunos dibujos le recordaban a una aspiradora gigante” – fotograma 5) les llevan a enviar a La Habana a la agente Beatrice Severn (Maureen O’Hara) para ayudar a Wormold haciéndose cargo de sus agentes, una única situación que alterará por último el rocambolesco plan del comerciante, obligado a subir el tono de sus fabulaciones hasta episodios cada vez más inverosímiles, y que se verá por último agravada cuando Hasselbacher sea secretamente reclutado como contra-agente por parte “del otro bando”.

Reed (y el guion de Green) plasman con maestría el juego de absurdos sobre los que la trama de espionaje se va enmarañando desde las invenciones del personaje primordial, que se convierten súbitamente en altos secretos de estado codiciados por los dos bandos y que acabaran ocasionando el asesinato de Hasselbacher de parte de uno de los agentes y la consiguiente redención de Wormold, abandonando la patraña de su actuación para hacer la única acción honesta en su trayectoria como espía (motivada no por ninguna intención de servicio a la patria sino desde el más profundo sentimiento personal) vengando la desaparición de su amigo (tras una inolvidable y etílica partida a las damas para liberarse de la supervisión del Capitán Segura – fotograma 6) antes de ser por último deportado a su Londres natal.

“Hemos recibido su estudio en el que dice que las proyectos, fuesen lo que fuesen, se han desmantelado, en vista de lo cual decidimos anular su puesto. Y suponemos que lo relevante para usted es quedarse como formador para enseñar a organizar una red extranjera. Como solemos realizar al retirarse alguien del extranjero, recomendaremos la Orden del Imperio Británico”. Las expresiones del prominente cargo del servicio de sabiduría frente un estupefacto Wormold, ofreciéndole un dorado retiro y una condecoración para ocultar frente la opinión pública la incompetencia de todo el departamento, es el hilarante episodio con el que se cierra esta no tan descabellada crónica sobre los vicios y las miserias de los que trabajan a la sombra de las más altas instancias del poder que nos gobierna.

David Vericat
© cinema primordial (Marzo 2017)