Resumen de la película Pasión de los fuertes

“He habitual a Wyatt Earp. Fue el quien me contó la crónica de O.K.Corral. Yo era entonces ayudante de dirección de mi hermano y rodábamos westerns. Los figurantes eran auténticos cowboys y eran reales amigos de Wyatt Earp. Venía con continuidad a verles y pude comentar con él. Temblaba al acercarme a él, tanto me intimidaba. Era un hombre muy corpulento, muy avaro en expresiones, de una calma asombroso. No era un óptimo tirador, pero como era muy valeroso, se acercaba muy a su contrincante antes de realizar fuego. Como en mi película, por lo demás. Nadie desenfundaba muy rápido en el Oeste. Se sacaba la pistola y se avanzaba hasta el enemigo. Se dejaba disparar primero, y después se intentaba detectar la bala mejor que él. En relación a Doc Hollyday, sólo deseaba matarse. Buscaba pelea para poder ser muerto”
John Ford

Siempre que quiero recrear el lejano oeste (el más mítico, pero también el más realista), vuelvo al Tombstone de Pasión de los fuertes, para mi gusto el más bello film del maestro John Ford.

Un ámbito con vaqueros barbados que matarían por un óptimo afeitado; de pueblos de únicamente una calle que emergen como un espejismo entre la inmensidad desértica de Monument Valley; de salones atestados de pistoleros, tahúres y mujeres de mala vida que ahogan sus penas entre tragos de whisky y al son de un viejo y omnipresente piano; de diligencias que marcan el paso del tiempo mostrándose de la nada para esfumarse otra vez dejando una estela de polvo a su paso; de bailes y asaltos, de duelos y entierros, de persecuciones al galope y paseos cogidos del brazo, de borrachos, diáconos, solteronas y comediantes…

Un western de individuos, todos complejos y espectaculares, desde el barman que jamás estuvo enamorado (“he sido barman toda la vida”) hasta el malvado patriarca de los Clanton (“cuando desenfundes tu revólver, mata”), pasando por el atormentado Doc Hollyday y la indómita Chihuahua (una de las más trágicas parejas de la filmografía fordiana) y, cómo no, por el más legendario de todos los pistoleros, un Wyatt Earp tan insuperable con el revolver como apocado en el instante de decidirse a invitar a bailar a la hermosa Clementine (fotograma 1).

Un film con el más sincero y emotivo homenaje al teatro y al más grande constructor de la crónica de la dramaturgia (como no podía ser menos viniendo de Ford, el Shakespeare del cinematógrafo) pero, a la vez, con gags memorables (Wyatt Earp, oliendo a fragancia de madreselvas por mor del diligente barbero y para sorpresa de sus hermanos y de nuestra Clementine; el piropo con fachada de relincho de Morgan Earp frente el paso de la hermosa Chihuahua), o lleno de pequeñas acciones que definen un carácter (Wyatt llevando a cabo equilibrios sobre una silla en el zaguán de su oficina – fotograma 2), una sentimiento (el barman emitiendo una sincera sonrisa de aprobación mientras da por la operación de la malherida Chihuahua a manos de Doc Hollyday) o una elipsis temporal (la silueta de Clanton incorporándose al despertarse antes del mítico desafío en O.K. Corral mientras, al fondo, la oscuridad de la noche cede paso a la luz del amanecer).

Una historia de tristes despedidas, como la del joven James Earp, envuelto en un lúgubre cielo de fatalidad mientras mira distanciarse a sus hermanos (poco antes de ser ejecutado por los Clanton), o la de Wyatt Earp, frente la tumba de su hermano, con las montañas de Monument Valley de fondo (“Tuviste poco tiempo, ¿no, James?”), y de separaciones repletas de promesa, como la del propio Wyatt después de besar la mejilla de la joven Clementine (probablemente uno de los más bellísimos besos de amor de la historia del cine). De encuentros que forjan una inexorable amistad (la de Doc Hollyday y Wyatt Earp, tras medir sus fuerzas en el salón) y reencuentros que desvelan la imposibilidad de recobrar el tiempo pasado (“El hombre que conociste por ahora no existe”, le espeta Doc Holliday a una desconsolada Clementine – fotograma 3).

Un relato sobre oportunidades perdidas (Doc Hollyday lanzando un vaso de whisky contra su rostro reflejado en un viejo diploma) e ilusiones renovadas (Clementine, de espaldas, observando esperanzada la silueta de Wyatt alejándose a caballo).

Siempre que quiero sentir otra vez el exitación del mejor cine, vuelvo al Tombstone de Pasión de los fuertes.