Resumen de la película Sin techo ni ley

“Como nadie reclamó el cuerpo, éste pasó de la zanja a la fosa común. La desaparición natural no dejaba rastro. Me hago una pregunta quién se acuerda de ella entre los que la habían habitual de niña. Pero los que la conocieron hacia el desenlace sí la recordaban. A través de ellos puedo contar sus últimas semanas. Ella les había impresionado. Hablaban sin comprender que estaba muerta. No quise decírselo. Ni que se llamaba Mona Bergeron. Yo misma sé muy poco de ella. Aunque me se ve que venía del mar”

Hay pocas películas de tono tan sombrío y desesperanzado como el de Sin techo ni ley, crónica de los últimos días de vida de Mona Bergeron (impresionante trabajo de Sandrine Bonnaire), una auténtica outsider que deambula por un ámbito agreste habitado por seres instalados en la insatisfacción persistente. Porque si el nihilista accionar de la personaje primordial suscita desazón, el reflejo que su actitud destapa en los humanos que se topan con ella aumenta ese sentimiento hasta el más profundo desasosiego.

El de Mona es un viaje a la nada, un recorrido culpado al colapso, de esta manera que reflejan los continuos travellings de rastreo del personaje que acaban indefectiblemente en naturalezas muertas compuestas por material industrial apilado, herrajes oxidados y maquinaria agrícola dejada (fotogramas 1 y 2 – una imagen que se convertirá en auténtico leitmotiv de la película). Y el ámbito por el que avanza durante los días próximos a su muerte (paisajes agrícolas bajo el inclemente manto de un árido invierno en el que se vislumbra la invasiva presencia de todo el planeta industrial) se diría un Hades habitado por almas en pena aguardando de su condena escencial (imagen que consigue su expresión más inquietante en el episodio antes de la desaparición de Mona, cuando ésta es atacada por unos estrafalarios hombres-árbol que forman parte en un siniestro rito recurrente – fotograma 3).

La muerte de Mona (anticipada ya al inicio de la película, que se composición por consiguiente en un riguroso flashback) no se expone por consiguiente como una liberación (como sí se intuía en la del personaje primordial de Accattone, de Pier Paolo Pasolini) sino como un fácil punto final. No hay redención ni promesa en la imagen del rostro embrutecido de Mona caída en un margen, su cuerpo fundiéndose con la árida tierra que acabará engulléndola en el sentido así expresado en el Génesis (“comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado”) pero sin ninguna promesa de liberación posterior (fotograma 4).

Pero el tránsito de Mona no es estéril, en tanto que cataliza los miedos, las debilidades e insatisfacciones de todo aquél con el que está en su sendero. “La chica que vino a por agua era libre, va donde quiere. Me gustaría ser libre”, se lamenta una mujer (Katy Champaud) frente sus padres después de ver pasar a la personaje primordial frente a la miserable granja donde vive; “Lo que me gustaría es que Paulo soñara conmigo, como los enamorados de la galería, abrazados”, suspira otra mujer (Yolande Moreau) que no puede olvidar la imagen de Mona, a la que llama la atención durmiendo con su eventual compañero de viaje, al pensar en la desdichada relación que ella mantiene con su novio; “Si la vieras… es un horror, un deshecho. Me pone enfermo. Ese desconcierto es comprensible. Yo mismo estoy tan perdido en oportunidades. Pero llegar a eso… Sí, me brinda miedo. Me brinda miedo porque me repele”, confiesa un joven (Stéphane Freiss) de actitud aparentemente intachable (pero al que hemos visto accionar de manera indigna para hacerse con la herencia de su vieja tía) hablando desde la cabina de teléfono de una estación de autobuses mientras observamos la borrosa imagen de la personaje primordial, al fondo, vomitando completamente borracha (fotograma 5).

Incluso esos individuos que tienen una actitud más eficaz con la personaje primordial acaban presa de sus propias contradicciones: el joven pastor que, alardeando de su crónica ajeno de los estereotipos y normas sociales (“Cada uno debe vivir sus anhelos. Y ya está”, admite con convicción frente Mona después de que ésta llegue a su granja), acaba pretendiendo imponer sus visión dogmática de la vida a la personaje primordial como condición para seguir acogiéndola (“Le propusimos cosas y nada, ninguna gana de realizar nada. Demostrando que ella es inútil le hace el juego a un sistema que repudia. No es errar de errancia sino de error”); y, más que nada, Mme. Landier (Macha Méril), la científica que, después de hospedar en el lapso de unos cuantos días a la personaje primordial en su coche (en el transcurso de un viaje de trabajo para estudiar una plaga que daña a los árboles de la zona), la acaba abandonando en la carretera con la explicación de que su labor terminó (“ni siquiera sé su nombre”, se lamenta poco después arrepentida, recordando la imagen de Mona alejándose campo a través).

Únicamente el temporero Assoun (Stéphane Freiss), con quien Mona pasa los únicos días de una alguna armonía (y que consigue arrancar su único gesto de empatía, la mano acariciando la mejilla del tunecino durante la cena), se mostrará incapaz de articular palabra alguna cuando la cámara le interpela sobre la personaje primordial. Su rostro en silencio, después de oler una prenda olvidada por Mona, es en el final de cuenta la única respuesta posible (fotograma 6).

David Vericat
© cinema primordial (enero 2017)